Presentación

Los cambios que operan en la sociedad del conocimiento están transformando las condiciones de participación en la vida pública y política en las sociedades contemporáneas. Este es un hecho que preocupa y que ha despertado no pocas reflexiones sobre la calidad y la naturaleza de los dispositivos democráticos contemporáneos (ver Barthe, 2006; Callon, Lascoumes and Barthe, 2001; Marres, 2007). Una de las principales transformaciones tiene que ver con el papel cada vez más preeminente del conocimiento experto, básicamente el papel de científicos y técnicos, en los procesos deliberativos y de toma de decisiones políticas. En este sentido, se detecta un proceso creciente de expertización de los debates. Un hecho que en muchos casos aleja a los ciudadanos de la toma de decisiones y de los procesos de influencia y participación en la vida pública (Domènech, M., et al., 2002; Aceros y Domènech, 2010). Quizás por esta razón los últimos años vienen marcados por un fuerte giro “participativo” (Jasanoff, 1999) en la concepción del papel que debe jugar la ciudadanía ante las múltiples problemáticas y/o controversias que tienen lugar en las denominadas sociedades del conocimiento.  Así, conceptos como consulta, participación o debate público son cada vez más presentes en las discusiones acerca de los procedimientos de toma de decisiones políticas que hay o habría que adoptar ante problemáticas que movilizan especialmente a la tecnociencia (Callon, 2003).

En este contexto, cada vez es más habitual la constitución de ensamblajes híbridos de expertos y legos (Michael, 2006). Las dinámicas de tales “colectivos híbridos” son ciertamente variadas y los estudios de la ciencia y la tecnología nos han proporcionado hasta la fecha buenos ejemplos de sus peculiaridades (Rodríguez-Giralt, 2011). Es cierto que, a menudo, los expertos muestran una acusada tendencia a rescindir de los conocimientos locales llegando, incluso, a mostrar una clara resistencia a cualquier forma de hibridación con éstos. Lo cual también es cierto en sentido contrario. Es decir, no siempre el conocimiento experto es bien recibido. Collins y Pinch (2002) han mostrado suficientemente bien cuan desastrosas pueden llegar a ser las consecuencias de tales desavenencias. Sin embargo, disponemos también de claros ejemplos en los que la interacción es absolutamente enriquecedora para las, en principio, dos partes (ver por ejemplo, Epstein, 1996).

Quizás una de las aproximaciones más interesantes a estas relaciones entre expertos y legos sea la que nos proporcionan Callon, Lascoumes and Barthe (2001). Su análisis se centra en la proliferación de incertidumbres de carácter tecnocientífico y social. Tales incertidumbres generan fuertes controversias que se resuelven en espacios públicos que ellos denominan “foros híbridos”. Lo interesante de su propuesta está en su alcance político. Los autores, al mostrar la relación dialéctica entre investigación científica y técnica, por un lado, y entre ciudadanos y políticos, por otro, concluyen que las controversias constituyen una vía inmejorable para el enriquecimiento de la democracia.  En la misma dirección, Stengers (1997a) magistralmente declara: "La democracia y la racionalidad convergen, por tanto, en la misma exigencia: la invención de dispositivos que susciten, favorezcan y alimenten la posibilidad de que los ciudadanos se interesen por los conocimientos que pretenden contribuir a orientar y construir su futuro, de manera que tales conocimientos puedan ser puestos en riesgo a la hora de tomar decisiones"(pág. 108)

En las últimas décadas hemos sido testigos de una proliferación creciente de métodos participativos en áreas tradicionalmente consideradas como reservadas a los expertos. Conferencias de consenso, paneles de ciudadanos, workshops scenarios, son métodos bien conocidos de
participación pública usados en la evaluación de experiencias tecnológicas. Comparada con métodos más tradicionales de evaluación tecnológica basados en el conocimiento experto, estos métodos participativos son considerados más democráticos y equitativos, dado el papel central que juegan los ciudadanos legos (Andersen y Jaeger, 1999; Einsiedel y Eastlick, 2000). Sin duda, de acuerdo con tales abordajes, este tipo de métodos participativos permiten oír voces que no son normalmente tenidas en cuenta cuando se debaten asuntos tecnológicos. De hecho, han evidenciado que no es necesario ser miembro de comités académicos o políticos o miembro de ningún partido o organización para ser capaz de llevar a cabo debates relevantes, bien informados y basados en experiencias.

Algunas voces críticas han remarcado algunos de los problemas asociados con las metodologías deliberativas (Marres, 2007). Para empezar, a pesar del valor que puedan tener las decisiones tomadas en foros participativos, estas no siempre son tenidas en cuenta por los políticos que tienen la última palabra. Generalmente no hay un compromiso de estos últimos para actuar a favor o implementar el análisis y la evaluación llevada a cabo por el foro deliberativo. Esto ha llevado a algunos autores a considerar que la mayoría de las veces los métodos participativos están siendo aplicados meramente como un mecanismo para legitimar conocimiento que se continúa obteniendo usando procedimientos científicos estandarizados. En ese sentido, asociaciones y movimientos sociales han denunciado estos mecanismos como herramientas de manipulación de la opinión pública. Consideran que ciudadanos anónimos que no necesariamente están interesados en la cuestión no son un substituto para aquellos que están mejor situados para representar al público. Esto significa que la relación entre los mecanismos dialógicos y la movilización social o acción colectiva no es ni directa ni fácil (Joly y Marris, 2003).

En cualquier caso, es necesario también apuntar que -junto a los procesos dialógicos y participativos- unas interesantes e innovadoras formas de  movilización que están reformulando las relaciones entre tecnociencia y política (Barry y Slater, 2002). Quizás el ejemplo más famoso y estudiado de este tipo de movilizaciones sea el de la Association Française contre les Myopathies (AFM), una asociación que ha luchado y sigue  luchando por el reconocimiento y los derechos de las personas con Distrofia Muscular (Callon, 2003; Rabeharisoa, 2006). Sin embargo, existen muchos otros casos. Así, sólo en el ámbito de la salud, Akrich, Méadel y Rabeharisoa (2009) han recopilado y estudiado más de 50 de estas luchas dedicadas a sensibilizar, dar a conocer o promover los derechos de personas afectadas o relacionadas con trastornos o problemáticas complejas, y fuertemente controvertidas, como la epilepsia, el alcoholismo, las enfermedades raras, el cáncer, el autismo, etc. En todos estos casos, se pone de relieve una creciente preocupación, acompañada de una fuerte y comprometida movilización social, por los efectos psicológicos, sociales y/o políticos de los conocimientos y prácticas tecnocientíficas, en especial de los conocimientos biomédicos (Rose, 2007; Petryna, 2002).  Mas lo interesante de estos grupos, como nos recuerda Epstein (1996), es que para ellos lo que está en juego es algo más que un mero debate argumental. Mucho más que un asunto “desencarnado”. Los asuntos alrededor de los cuales se forman estos grupos son, además, complejos y muy angustiantes para las personas afectadas, a menudo debatiéndose entre la vida y la muerte. De ahí que se les denomine grupos “concernidos”, pues su vinculación con el asunto en cuestión es tan profunda como “encarnada”. Tan “personal” como “interesada” (Michael y Brown, 2005).

Estamos, pues, ante dos modelos de hibridación de conocimientos. Por una parte, un modelo participativo (arriba-abajo) en la que la iniciativa corresponde a gobiernos y poderes públicos y que se basa en la organización de reuniones más o menos formales de ciudadanos que, con la ayuda de expertos, toman decisiones que pueden o no ser tenidas en cuenta por aquellos que propician la reunión deliberativa. Por otra parte, un modelo basado en la movilización de ciudadanos interesados en una problemática concreta (abajoarriba) que se las ingenian para incidir en la toma de decisiones sobre asuntos que les conciernen. En cualquier caso, sin embargo, el resultado final es la reunión en un mismo colectivo de expertos y legos y la interacción no convencional entre políticos y ciudadanos. Es esa hibridación lo que constituye el foco principal de este proyecto coordinado: la exploración concienzuda de la manera en que se produce, los mecanismos que la propician, los obstáculos que encuentra y los procesos que desencadena. Todo ello, aplicado a una temática de especial relevancia social tanto a nivel del Estado español como de la Unión Europea (Milligan, 2000; Watson, 1996), el diseño de políticas públicas para personas en situación de dependencia. Estamos convencidos que en cuestiones como esta, más que nunca, tal hibridación supone la ocasión más plausible de recuperar la ciencia para el ejercicio de la democracia y la democracia para la mejora de la ciencia.