Versión Final

Gramáticas de resistencia y pensamiento crítico en la investigación social

Fractalidades en Investigación Crítica

Universidad Autònoma de Barcelona

 

La emergencia de las ciencias sociales se encuentra vinculada a la constitución de una red de tecnologías, conocimientos, prácticas y discursos para regular y gobernar la sociedad; desarrollando formas de control que en la sociedad juegan un papel central. La actual sociedad del conocimiento parte de una herencia de saberes coloniales eurocéntricos, como forma de violencia epistémica (Castro-Gómez, 2000), la cual gestiona la producción de conocimiento científico y maximiza aquellas aportaciones coherentes con el pensamiento hegemónico, dificultando así el desarrollo de perspectivas críticas (Slaughter y Leslie, 1997, 2001; Lander, 2000; Mato, 2002) y dando paso a formas de neocolonialismo donde la producción de conocimiento opera desde "zonas metropolitanas de conocimiento" hacia las periferias.

El desarrollo de la sociedad post-fordista (Hard y Negri, 2000) y el fundamento colonial que sustenta sus prácticas al interior de la academia, así como, la localización por parte de los investigadores en la barriga del monstruo (Haraway, 1991), plantea la necesidad de una reflexión sobre el contexto y las formas de un trabajo crítico en el presente marco geopolítico. Así, en esta comunicación nos preguntamos por las posibilidades de un trabajo académico de carácter reflexivo acerca de sus formas de producción, donde las epistemologías críticas nos permiten abrir nuevos debates en el quehacer científico. De esto modo, exploramos la utilización de conceptos tales como “Colonialidad” (Castro-Gómez, 2005), "Articulación" (Laclau y Mouffe, 1985) y "Conocimientos Situados" (Haraway, 1991), generando una gramática de resistencia a los saberes hegemónicos a través del desarrollo de principios metodológicos y la exploración de propuestas de formas de investigación como las "producciones narrativas" (Balasch y Montenegro, 2003) y la "etnografía crítica", que desde una epistemología crítica nos permite cuestionar los métodos de producción de conocimiento a la vez que posibilitar una perspectiva reflexiva en las ciencias sociales (1).

Palabras clave: Investigación crítica; Gobernabilidad; Ético-política de la investigación, Articulación; Conocimientos Situados; Colonialidad.

 

Investigar en Sociedades Post-Fordistas

 

La emergencia de las ciencias sociales en los siglos dieciséis y diecisiete en Europa se produce en el contexto de la formación del Estado moderno y la preocupación por temas relacionados con el poder político. Una serie de discursos y prácticas construyen una sustancia, "lo social", susceptible de ser gestionada y regulada a través de, como apunta Thomas Hobbes en su Leviatan, una “física social”. Así, la matriz práctica que da origen a  las ciencias sociales se fundamenta en la necesidad de adecuar la vida de los hombres al aparato de producción, actuando como  plataforma de observación científica sobre el mundo social que se quiere gobernar (Castro- Gómez, 2000). Con Michael Foucault (1978) vemos cómo el desarrollo de formas de gobierno efectivas pasan por la constitución de un “sujeto” que reproduce las reglas de lo social a través de una forma sutil de coacción basada en la auto-disciplina. Una disciplina que en su proceso de auto-administración requiere el desarrollo de la reflexión sobre las propias acciones y, por consiguiente, la sedimentación de formas de crítica, dislocación o transformación de las propias formas de auto–gobierno. De este modo, las vertientes críticas al interior de las ciencias sociales se encuentran en una paradoja al intentar la transformación y crítica de formas actuales de gobernabilidad a la vez que constituidas por esas mismas formas de gobierno. Por tanto, es necesario, reflexionar a cabalidad el contexto en el cual hoy se realiza la investigación, en tanto que, ha de tomarse en cuenta que de unos modos u otros la producción de discursos está condicionada por los contextos de producción de estos saberes (Foucault,1980 [1970]).

 

Michael Hard y Antonio Negri (2000), plantean que la forma de producción posfordista se establece en las sociedades liberales occidentales como mecanismo de gestión de poblaciones, combinado los procesos disciplinares y de control. En ellas,  las competencias claves en el gobierno efectivo de individuos y poblaciones tales como actividades de cooperación social, creación de pensamiento, comunicación o afectividad están cada vez más imbuidas en los canales de la producción mercantilista (Virno, 2003). La valoración de habilidades dirigidas a la producción de significados -y por ende de subjetividades- en el actual sistema mundo posmoderno están dejando en un segundo plano a las formas de producción fordista, de las sociedades modernas europeas,  y aplicándose en aquellas sociedades que en su modernidad vivenciaron el fordismo precariamente.

 

Este cambio de formas de producción afecta de forma central al mundo académico, y podemos observar cómo la institución universitaria muta en consonancia con los cambios y demandas de los requerimientos de las nuevas formas de producción, y por otra, perpetúa ciertas dinámicas de colonialidad que se sustentan al interior de la academia desde la hegemonía de los saberes eurocéntricos.

 

Entre los distintos aspectos de cambio de la institución universitaria podemos destacar, en primer lugar, la creciente precarización de los puestos de trabajo en términos, por un lado, de una mayor exigencia y diversificación de tareas y, por otro, de la poca seguridad en la continuidad de plazas y contratos. Aunado a esto, la actividad de docencia e investigación se entiende como una actividad realizada desde una motivación vocacional por parte de quién la practica, cosa que trae como consecuencia una escasa separación entre el mundo de trabajo y el mundo de vida y una naturalización de la situación de explotación a partir de la voluntariedad de las tareas que se realizan. Finalmente, la evaluación de las actividades de los y las trabajadoras se hace según criterios establecidos deslocalizadamente (fuera de los propios equipos de trabajo o del contexto local de la actividad). Esta evaluación se hace de acuerdo a parámetros de producción; esto es creación de conocimiento “práctico” (útil a las formas actuales de producción) y “reconocido” (acorde al pensamiento hegemónico dominante).

 

En segundo lugar, el conocimiento considerado válido desde los diferentes mecanismos y figuras de control de la actividad investigadora es aquel que aparece en las revistas con alto índice de impacto (las más citadas). Esto perpetúa la lógica de la concentración, en este caso, de la capacidad de producción del saber. Lógica propia de la producción de valor del sistema liberal globalizado. De esta manera, las políticas neoliberales están realizando una transformación radical del espacio académico para reducir y reconducir la actividad crítica que pueda realizarse desde estos ámbitos; haciendo converger los entramados institucionales del saber -editoriales, subvenciones, etc.- con los conocimientos hegemónicos. Esta transformación se puede observar a través, por ejemplo, de las dinámicas de mercantilización y producción constante de conocimiento propios de las sociedades actuales.

 

En tercer lugar, las políticas estatales y supraestatales buscan la concentración de recursos en “centros de excelencia” (establecidos a través de los criterios anteriores) en detrimento de investigación en universidades públicas fuera de las directrices neoliberales. A su vez, las transformaciones de la enseñanza universitaria siguen estos principios para conseguir estudiantes adaptados al presente “entorno competitivo”. En este sentido, elementos como la selección del alumnado, precarización del profesorado, las modificaciones en los criterios de evaluación, tal como también la actual homogenización del sistema de educación universitario europeo en el marco del plan Boloña, funcionan como una maquinaria de producción y reproducción social regido por las mismas lógicas que gobiernan el sistema mundo posmoderno global.

 

Por otro lado, la lógica del individualismo exacerbado, la competitividad y el sacrificio personal en pos de un futuro reconocimiento social y bienestar individual, tan propia de las sociedades capitalistas -deudoras del protestantismo-, se filtra al ámbito formativo universitario y a las dinámicas laborales de la academia. Desde estos procesos de individuación académica se precisa de una autoría clara de nuestras investigaciones y trabajos, que no casualmente suele ser de tipo individual. La adscripción institucional de la autoría individual delimita el proceso colectivo de producción de conocimiento en fronteras identificables bien en términos de autor (individualización de tesis, publicaciones, curriculum...) o de marca (pertenecientes a una determinada institución de prestigio). El mito romántico del investigador (en masculino) como aquel ser pensante, solitario y creativo sigue alimentando la imagen de la investigación como una tarea puramente individual, y el currículo personal acaba convertido en la memoria de nuestra historia y el pasaporte que nos permitirá u obstaculizará transitar por las tierras de la academia. Y con tal de mantenernos en circulación, a riesgo de ser expulsados, cualquier acción está justificada.

 

Finalmente, el producto en términos de profesionales que se forman en el espacio universitario ya no sigue la lógica de la transmisión de saberes teóricos y prácticos para aprender un cierto ámbito u oficio; sino que pretende producir -en el sentido literal del término como espacio de producción inmaterial, de subjetividades- un perfil de salida deseable a partir de la reconversión de las carreras universitarias existentes. El perfil del producto deseable consiste en una persona con una amplia diversidad de competencias que puedan ser aplicables a diferentes campos. En este sentido, las habilidades como la creatividad, el trabajo en equipo, la capacidad de adaptación y la flexibilidad, son capacidades (aptitudes, pero también actitudes) que serán parte de la formación universitaria. Así, la persona universitaria será capaz de ser creativa en su lugar de trabajo, cooperar en equipos dinámicos y multifacéticos y soportar tranquilamente la inseguridad de la precariedad laboral.

 

La maquinaria universitaria actúa como máquina de captura de las capacidades de cooperación de quienes participamos para su puesta a trabajar a favor de la concentración de saberes y recursos, como una pieza más del engranaje global. Las perspectivas críticas en investigación se encuentran entonces en el centro de la tensión en la que, por un lado, la propia supervivencia depende en cierta medida de la capacidad de crear "productos" (en términos de publicaciones en revistas prestigiosas, proyectos de investigación financiados, personas con currículo académico, etc.) que tengan sentido en el complejo entramado de "posfordización" del espacio universitario y, por el otro, la constatación de que hay resquicios de la institución académica que posibilitan crear lugares de pensamiento crítico y reflexión desde los intersticios, que pueden ser críticos con las propias ansias de reproducción social del entramado de instituciones académicas en la actualidad. Además, que puedan crear redes de cooperación y estrategias de solidaridad (como las autorías colectivas) que rompan con los procesos de individualización académica, espacios de articulación potentes para producir formas de nombrar y de hacer más prometedoras con proyectos de transformación social.

 

El Giro Decolonial

El pensamiento decolonial ha venido a introducir en las ciencias sociales una profunda reflexión sobre el vínculo generado por el proceso en el que se consolidó el colonialismo europeo en ultramar. A este vínculo le denominan “colonialidad”, entendida como la dimensión cultural y simbólica del colonialismo que persiste hasta la actualidad, condicionando las relaciones de poder y las hegemonías presentes en el sistema mundo (Hernández, 2007). La colonialidad habría sido negada reiteradas veces por parte de las ciencias sociales por encontrarse impregnado, desde un comienzo, por un imaginario eurocéntrico (Castro- Gómez, 2000). Así la actual sociedad del conocimiento proviene de una tradición de pensamiento heredero de la modernidad, manteniendo una estrecha relación con saberes coloniales eurocéntricos.

El desarrollo de perspectivas críticas se encuentra, por tanto, en un serio dilema al enfrentar la colonialidad de las relaciones de poder presentes en la producción de conocimiento puesto que dicha tradición maximiza todas aquellas aportaciones coherentes con el pensamiento hegemónico, dificultando un pensamiento crítico y reflexivo sobre su praxis (Slaughter y Leslie, 1997, 2001; Lander, 2000).

Lo anterior, y siguiendo con el análisis del apartado precedente, queda en evidencia si pensamos en que las actuales sociedades denominadas en vías de desarrollo (caso de la sociedad latinoamericana), en su modernidad vivenciaron precariamente el fordismo, sin embargo, desde la globalización de los mercados y las hegemonías en las relaciones de poder son herederas de un posfordismo sin haber seguido necesariamente el tránsito fordismo-posfordismo, tal y como se describe desde las experiencias de las sociedades europeas (Virno, 2002). Este argumento no sería menor, ya que evidencia cómo las sociedades posfordistas se encuentran indiscutiblemente asociadas a una modernidad eurocéntrica. Y pareciera ser que el trabajo crítico también se encuentra asociado a formas de neocolonialismo en la gestión de los saberes, donde la producción opera desde “zonas metropolitanas” hacia las periferias y dando paso a formas de violencia epistémica (Castro-Gómez, 2000).

El problema radica entonces en que en la medida que se asume a los modos de producción posfordistas en las ciencias sociales, sin un cuestionamiento de la colonialidad de las relaciones de poder presente en ella, se seguirá apelando a una objetividad universal (occidental), contribuyendo a una búsqueda que conlleva la “superación” de los rasgos tradicionales y premodernos que han obstaculizado el progreso (asumida por las élites intelectuales latinoamericanas a lo largo de toda la historia de este continente), la transformación de estas sociedades a imagen y semejanza de las sociedades liberales-industriales occidentales (Thomson, 1993), contribuyendo de esta manera a ocultar, negar, subordinar o extirpar toda experiencia o expresión cultural que no ha correspondido con este “deber ser” que fundamenta a las ciencias sociales (Lander, 2000).

De este modo, en las sociedades capitalistas-posfordistas, se estaría reorganizando la colonialidad dentro de la posmodernidad, conservando lo que Enrique Dussel denomina “el mito eurocéntrico” constituido en la modernidad (Castro-Gómez, 2005), desde el cual Europa se posiciona como lugar privilegiado de la comunicación y generación de conocimiento. Lo tradicional y lo moderno dejan de coexistir, apareciendo como fenómenos sucesivos en el tiempo. El pensamiento científico se establece  como única forma válida de producir conocimiento y Europa adquiere una hegemonía epistémica, sobre todas las demás culturas del planeta (Castro-Gómez,  2005)    

 

Investigación Crítica desde la Barriga del Monstruo

 

La noción de gubernamentalidad (Foucault, 1978; Rivero, 2004) muestra cómo históricamente se consolidan prácticas institucionales de gobierno, como la vigilancia, inspección, legislación, regulación, control, adoctrinamiento, evaluación, censura, prevención, rectificación, corrección, es decir, un conjunto de prácticas por medio de las cuales se puede constituir, definir, organizar, instrumentalizar las estrategias que las personas en sus libertades, establecen unas en relación con las otras (Medrado, 2002). Los proyectos dentro del campo de la psicología y la psiquiatría, por ejemplo, han configurado criterios de normalidad que generan categorías desde las que se tipifica la experiencia vivida por los sujetos y bajo las que los sujetos se conceptualizan. Esta acción de gobierno actúa desde el exterior y el interior de la persona a partir de los parámetros de normalidad establecidos institucionalmente y del que la empresa científica participa activamente. Las necesidades de gobierno de las sociedades (neo)liberales actuales requieren una gestión de la subjetividad que produzca individuos que libremente auto-gestionen sus vidas en el espació “público” bajo los parámetros de gobernabilidad establecidos. Es central, por tanto, la existencia de una red de comprensiones y significados que permitan invisibilizar las redes institucionales para generar la sensación de libertad de elección (Rose, 1996). El desarrollo de formas cada vez más sofisticadas de sujetar física y simbólicamente a las personas va parejo a la expansión de un tejido de saberes disciplinares (Foucault, 1976) dedicados a la recopilación, desarrollo y transformación de estas prácticas de gobierno. Las democracias liberales occidentales y su forma de producción post-fordista combinan libertad aparente con fuertes mecanismos más o menos invisibilizados de control, llevando a la implantación creciente y cotidiana de múltiples mecanismos de bio-poder sobre ámbitos crecientes de la vida y las poblaciones.

 

El hecho de que las ciencias sociales formen parte intrínseca en la producción de gobernabilidad y que la producción actual de conocimientos sea coaptada por las formas post-fordistas de producción reducen notablemente su capacidad de producción de conocimiento crítico. Una actividad crítica debe necesariamente partir del reconocimiento de que su existencia jurídica se debe a su participación, de una u otra forma, en las presentes o futuras formas de gobernabilidad de las poblaciones. No existe, por tanto, un “exterior idealizado” o transparente, desde el que situarnos tanto para investigar como para actuar. Preguntarnos por la posición y la posibilidad de la crítica debe ser una constante para no caer en una simple apropiación institucional del trabajo crítico. Y es precisamente esta imposibilidad de crear un campo disciplinar lo que hace que “lo crítico” sea un espacio necesariamente difuso (Escobar, 1999). En esta reflexión usamos dos metáforas de Donna Haraway (1991, 1992) que nos permiten pensar una crítica desde un espacio de gobierno dentro de un campo difuso: estar en “la barriga del monstruo” y adoptar una “conexión parcial”. En lugar de abanderar una cruzada de “lo crítico” buscamos el reconocimiento del lugar en que nos situamos junto a la conexión modesta con distintas formas de análisis e investigación (epistemologías feministas, co-investigación, investigación militante,...) que de alguna forma subvierten las actuales formas hegemónicas de bio-poder.

 

Más que una bandera en el territorio de lo crítico esta reflexión se conceptualiza como un nodo en una red heterogénea. Como nodo, se diferencia de otros nodos y zonas. La adopción de una perspectiva corporeizada en términos de “conocimiento situado” nos distancia de “la crítica” como un “pensar que nos libera”. Ejemplos de esta concepción los encontraríamos en el artículo Traditionelle und Kritische Theorie de Max Horkheimer (1937) donde se opone la razón instrumental a una razón objetiva que cuestione sus propios fines y metas, constituyendo la base de la teoría crítica. Siguiendo la estela de la escuela de Frankfurt, Jurgen Habermas (1987: 59) considera que en el acto lingüístico se daría "la experiencia central de la fuerza obligatoriamente unificadora del discurso argumentativo para crear consenso, a lo largo del cual los participantes superan sus opiniones inicialmente subjetivas y aseguran, gracias al comportamiento de convicciones racionalmente motivadas, al mismo tiempo la unidad del mundo objetivo y la intersubjetividad de su contexto de vida". El realismo crítico (Bhaskar, 1989) aplicaría estas concepciones racionalistas a una teoría del conocimiento donde, admitiendo la relatividad de los datos empíricos, sería posible acercarnos al conocimiento de la realidad a través del pensamiento racional. Frente a estas concepciones, que fundamentan lo crítico en el lenguaje o el pensamiento partiendo, o bien de la producción de un consenso intersubjetivo o bien del ejercicio de reflexión racional de un sujeto desde el cual emergería un “pensar distinto”, proponemos una crítica que emerge en prácticas y discursos imbuidos cotidianamente en las luchas por la definición de lo social.

 

Esta posición tomaría el concepto de hegemonía tal y como lo presentan Ernesto Laclau y Chantal Mouffe (1985). En lugar de una hegemonía absoluta, nos enfrentamos a una multiplicidad de “sujetos”, “conocimientos” y “pensamientos” en constante lucha para conseguir su espacio de dominio en lo social a través de articulaciones, traducciones, equivalencias y antagonismos entre unos y otros. Los discursos que han llegado a ejercer su dominio serían el universo de lo que se conoce mientras que los relegados fuera de “lo posible” constituirían el espacio del “pensar distinto”. “Pensar distinto” que no se encuentra en el examen de lo olvidado ni en la elaboración del futuro sino que lo hallamos en los reductos del presente. Diferenciándonos del voluntarismo idealista que imagina un acto reflexivo en el que la mente sale de sí misma para pensarse y transformarse, consideramos al pensamiento necesariamente corporeizado en un conjunto de prácticas semiótico-materiales que producen al sujeto y que el sujeto, como producto, actualiza y transforma. Prácticas que transforman tanto al pensamiento, a la acción como a los mismos sujetos. Lo que “ya se conoce” es el pensamiento que ha pasado por un proceso de hegemonización y sustentado por una serie de relaciones semiótico-materiales, mientras que “pensar distinto” consistiría en dar fuerza a formas de pensar/hacer a las que este pensamiento hegemónico discrimina y abrir líneas de reflexión y acción que puedan contravenir estos efectos. Un conocimiento crítico que emerge de nuestras prácticas semiótico-materiales.

 

En resumen, la propuesta de "investigación crítica" supone una actividad corporeizada y semiótico-material que, a partir del reconocimiento de la propia posición de poder, busca identificar y actuar frente a las formas de dominación y procesos de hegemonización presentes en las sociedades actuales. Parece difícil, sin embargo, actuar frente a los procesos de creación de hegemonía desde un lugar cuya actividad se dirige a la creación de pensamiento hegemónico. La retórica de la verdad es en sí misma una forma de dominación que oculta las condiciones y los intereses que posibilitan que una determinada afirmación sea considerada “verdadera”. Los efectos de poder son más evidentes en el ámbito de la intervención social, donde el conocimiento legitima formas de control sobre las personas para "su propio bien" (Spivak, 1988). Se trataría de considerar y tratar el conocimiento producido como una versión del fenómeno, una apertura teórico/práctica que ponga de manifiesto la multiplicidad de significados de eventos, objetivos, experiencias e incluso textos (Denzin, 1994).

 

Quedándonos en la actividad interpretativa corremos el riesgo, sin embargo, de imposibilitar la acción transformadora. Es necesario, además, reconocer el carácter activo y propositivo que acompaña la actividad crítica. Necesitamos de anclajes o fijaciones que proporcionen una base para actuar y transformar nuestro entorno social. El concepto de “conocimiento situado” (Haraway, 1991) nos permite distanciarnos tanto de la objetividad y neutralidad de las posturas realistas como de la imposibilidad de acción del relativismo. Se trata de considerar que el carácter “objetivo” de nuestro punto de vista localizado nos permite ciertas formas de conocer y actuar a la vez que su misma localización implica una limitación y parcialidad que necesita de conexión con otras posiciones y objetividades. Pasamos de una concepción representacionista del conocimiento a considerarlo una actividad política localizada que lleva a preguntarnos sobre el lugar desde el que lo producimos, con quien lo producimos y las consecuencias que genera. Investigar es actuar políticamente a la vez que actuar supone generar conocimiento. La separación entre investigación y acción es una idealización y purificación de categorías afín a una forma de gobierno que impone una acción “necesaria” (i.e., flexibilización laboral) basada en un conocimiento “objetivo” (i.e., necesidades de mercado). Investigación es, por tanto, una forma de política dentro de nuestra particular hegemonía. Estos elementos apuntan hacia una práctica dirigida tanto hacia los discursos hegemónicos como a las prácticas que nos permiten aparecer como sujetos institucionalmente aceptables (currículum académico, adscripción institucional y disciplinar, autoría individual...), prácticas que inciden en aquel lugar en donde no queremos dejar de estar. Una actividad dirigida hacia aquellas formas de gobernabilidad consustanciales a las actuales formas de investigar. La consecuencia más directa de esta forma de entender el investigar es el cuestionamiento constante de las maneras en las cuales se realiza dicha actividad.

 

Investigación como Articulación

 

El concepto de articulación (Laclau y Mouffe, 1985) nos permite entender la investigación como acción política basada en la conexión parcial con los distintos aspectos del fenómeno estudiado (personas, acontecimientos y textos). Consistiría en la relación (o relaciones) precarias y situadas históricamente donde se fijan significados que, por un lado, definen las posiciones de sujeto de quienes participan, y por otro lado, se forman como antagónicas a otros grupos y significados sociales. Articulación es pues una asociación significativa entre diversos agentes. Significativa, en el sentido de que es importante para quienes se involucran, y que significa los elementos de la relación (Haraway, 1992). Es, por tanto, un espacio político donde no hay fundamentos últimos, sino parciales, contingentes y temporales. En este sentido, el concepto de articulación trabaja sobre la base de la búsqueda de efectos de conexión en relación con aquello que permita, desde nuestra posición de investigadoras, transformar nuestro punto de partida sobre el fenómeno a estudiar. Una propuesta coherente con la parcialidad de la mirada de la investigadora y su carácter situado y localizado. "El yo que conoce es parcial en todas sus facetas, nunca terminado, total, no se encuentra simplemente ahí y en estado original. Está siempre construido y remendado de manera imperfecta y, por lo tanto, es capaz de unirse a otro, de ver junto al otro sin pretender ser el otro. Esta es la promesa de la objetividad, es decir, de la conexión parcial" (Haraway, 1991: 331).

 

El reconocimiento de la parcialidad y limitación de la propia mirada enfatiza, entonces, la necesidad de la conexión y articulación con otras posiciones desde la cual se produce el conocimiento. Los efectos metodológicos de la conexión parcial con otras posiciones modificarán la posición inicial de las investigadoras, al tiempo que localizan el conocimiento producido en un entramado relacional. Bajo esta perspectiva, los conocimientos situados, lejos de representar una realidad externa a nosotras mismas, son producto de la conexión parcial entre investigadora y aquello investigado.

 

Conexiones porque hay lenguajes y experiencias compartidas y parciales porque todas las posiciones difieren entre sí y se conectan a partir de la tensión semejanza –diferencia que hay entre ellas. Estas articulaciones permiten producir significados y fijaciones parciales de sentido sobre el fenómeno estudiado; éstos se posicionarán en relación antagónica respecto a otros significados que operan en la comprensión del fenómeno. En este sentido, el conocimiento producido remitirá a una cuestión política y no de representación de la realidad.

 

El concepto de articulación nos permite relacionarnos con una diversidad de actores sociales a partir del reconocimiento de nuestras semejanzas y diferencias y de las relaciones de poder que nos atraviesan, necesariamente presentes en cualquier relación, a la vez que nos exige un trabajo y reflexión para minimizar formas de dominación. Dentro de este marco relacional, el cambio de posición, la reflexividad y las emociones (Adkins, 2002; Skeggs, 2002; Kleinman, 2002) forman parte constante del proceso de investigación. Esta forma de pensar la investigación conlleva fuertes repercusiones en cómo es comprendida la producción de conocimiento. No se trata de un ejercicio de descubrimiento de una realidad externa sino que hace referencia a una responsabilidad política por el conocimiento producido en el entramado de la lucha por la fijación temporal de unos significados frente a otros legitimados socialmente. Busca generar un espacio de diálogo productivo para pensar formas de acción política y formas de organización de lo social prometedoras y liberadoras en un momento dado sin pretender su universalidad y atemporalidad. Los conceptos y prácticas de investigación desarrollados, más que un campo de conocimiento unificado, ofrecen perspectivas teóricas y metodológicas para afrontar y resignificar las prácticas actuales de gobenabilidad.

 

Formas de Investigación

Vamos a explorar cómo los principios anteriores pueden tomar forma en metodologías concretas a partir de los trabajos que han realizado las personas que conforman este texto. En líneas generales los trabajos realizan una actividad deconstructiva de conceptos y de mecanismos de sujeción y gobernabilidad a la vez que propositiva en tanto que sugieren formas de investigación e interpretación de los fenómenos sociales que permitan cursos de acción novedosos y políticamente prometedores. Se presentan dos formas de investigar que hibridizan metodologías ya establecidas bajo los principios articulatorios esbozados: las narrativas y etnografía crítica.

 

Narrativas

La producción narrativa consiste en generar conjuntamente un texto partiendo de la interpelación del equipo investigador a personas que se relacionan con el fenómeno que se quiere investigar. Después de cada sesión la investigadora realiza un recuento de las diversas ideas utilizando sus propios recursos lingüísticos (una textualización de lo dicho) y se realiza una discusión con el resto del equipo investigador de los temas y aspectos del relato que sean relevantes para los objetivos de la investigación (Balasch y Montenegro, 2003). El relato se presenta posteriormente a la participante para que lo corrija o amplíe la visión del fenómeno y, a la vez, se introducen cuestiones y aclaraciones de la investigadora. Después de diversos añadidos, correcciones y explicaciones se alcanza la finalización del bucle con la aceptación expresa de la participante que la narración muestra su visión sobre el fenómeno. A partir de la reproducción de este proceso, con todas las participantes de la investigación, se consiguen un conjunto de narrativas sobre el fenómeno.

 

Esta metodología se distancia del dar voz a grupos considerados en riesgo o minoritarios con la intención de visibilizar su problemática en tanto que supone una relación asimétrica entre participante e investigadora, siendo esta última quien tiene la legitimidad académica y científica para dar o quitar la palabra a la participante, reproduciendo las formas de dominación del conocimiento científico sobre otros tipos de conocimiento (Spivak, 1988). La estrategia del “dar voz” construye un sujeto incompleto y parcial que se desenvuelve en fragmentos inconexos al que la investigadora da sentido. Además, al trabajar con una participante en tanto que miembro de un colectivo definido en términos identitarios - práctica propia de la intención de dar voz- crea un efecto de representación que homologa la posición de esta persona con otras que comparten la misma categoría identitaria. Por ejemplo, si hablamos con una mujer inmigrante se tiende a considerar esa posición representativa de las mujeres inmigrantes, generando un efecto perverso de representación.

 

Las narrativas siguen la propuesta epistemológica y política de los “conocimientos situados” (Haraway, 1991), según la cual todo conocimiento se genera desde unas condiciones semióticas y materiales que dan lugar a una cierta mirada. En lugar de “representar” una posición nos encontramos con distintas narraciones coherentes que difractan una cierta forma de entender el fenómeno investigado; unas narraciones construidas conjuntamente y con las que la investigadora se ha conectado parcialmente. El equipo investigador transforma su posición inicial del fenómeno reconociendo su limitación de visión y profundizando en el proceso que ha llevado a un cambio en la posición de partida. Esta metodología se ha aplicado, por ejemplo en el estudio sobre las formas actuales de acción política, posibilitando la producción de comprensiones novedosas acerca de ésta.

 

Una variación en esta metodología, a la que provisionalmente denominamos contraste de perspectivas, consiste en construir narrativas de posiciones encontradas y, posteriormente, construir una nueva narrativa a partir de la confrontación entre las narrativas. Esta metodología se ha desarrollado en el estudio de la anorexia. La aparición de los trastornos de la alimentación como categoría psicopatológica puede ser leído como una ejemplificación de los procesos de poder/saber que se multiplican en las actuales sociedades post-industriales.

 

Partiendo de la base que la Psicología constituye el nodo disciplinar en el entramado de prácticas de poder/saber en la definición de mujer anoréxica, se construye una narrativa con la interacción con profesionales dentro de éste campo disciplinar. Al profesional se le contrapone con otra narrativa generada desde una postura contraria, lo que da lugar a una tercera narrativa que da cuenta de las contradicciones entre ambos relatos. La finalidad es el (re)conocerse a uno mismo mediante la narrativa de los posibles otros: el terapeuta mediante la adolescente anoréxica y la adolescente anoréxica mediante el terapeuta. Este procedimiento invierte la forma tradicional de producir conocimiento: se pasa de la lógica del descubrimiento a la del intercambio de miradas, de conocimientos situados (Haraway, 1991), permitiendo permutar las narrativas del investigador con las de las propias mujeres diagnosticadas como anoréxicas y terapeutas de los trastornos de la alimentación. Una alternativa de (auto)conocimiento mediante el reconocimiento de los límites de la propia mirada.

 

Etnografía Crítica

Dentro de esta línea metodológica se han desarrollado dos modalidades de uso de la etnografía, por un lado la etnografía comprometida y la etnografía dialógica por otro. La "etnografía comprometida", busca articularse con grupos movilizados dentro del activismo que se plantean formas de vida alternativas a las maneras hegemonizadas actuales, disolviendo la frontera entre investigación y acción. En este planteamiento se trabaja sobre la base de la idea de que la investigación se realiza a partir de procesos articulatorios en los cuales tanto quienes investigan como los grupos, trabajan conjuntamente para desarrollar acciones sociales a la vez que conocimientos. Estas acciones y conocimientos se entienden como situados en entramados de poder, sentidos, relaciones afectivas en las cuales se fijan ciertos significados y prácticas, asumiendo la responsabilidad que implican nuestras propias tecnologías de fijación en dichos entramados y, produciendo articulaciones que transforman las posiciones de quienes participan. Esta modalidad etnográfica fue desarrollada en un trabajo con personas de una casa okupada en Barcelona (León, 2004), participando de actividades propias del grupo, articulándose desde lo cotidiano (organizar fiestas, dar clases de baile, cocinar, etc.).

 

Por otro lado, la “etnografía dialógica” es un camino metodológico que nos permite aproximarnos a las múltiples voces -no sólo la definida como más autorizada (single voice)- y a los cambios de posiciones en la relación entre quien investiga y los fenómenos que se investigan. La etnografía dialógica es una herramienta que nos permite aproximarnos no solamente a los textos sino también a las acciones y a los elementos semióticos y materiales de nuestras relaciones (Guarderas y Gutiérrez, 2004). El punto de vista dialógico, desarrollado por Mikhaïl Bahktin (1979), evita una visión monádica, autárquica y libre del sujeto y apela al carácter siempre pluriacentuado, heterogéneo, de la práctica enunciativa, donde es posible reconocer los diferentes conflictos ideológico-sociales. Desde allí, podemos considerar la actividad de los sujetos y sus producciones, no como realizados por un self autocontenido, sino por el contrario, como resultado de una multiplicidad de conexiones y relaciones estratégicas de fuerza, entre materialidades diversas. Se trata de dar cuenta de la multiplicidad de relaciones tanto de quien investiga como de quien es investigado, y en esta multiplicidad se evidencian las múltiples historias, las múltiples palabras, tiempos y tramas (Guarderas y Gutiérrez, 2004). En este sentido se han realizado dos investigaciones que utilizan esta metodología una sobre la categoría mujer-migrante y otra sobre los discursos y prácticas de gobernabilidad en espacios de educación del tiempo libre en Cataluña.

 

En el trabajo de investigación sobre la categoría mujer-migrante lo que interesa es identificar las interpelaciones semiótico y materiales que nos constituyen como mujer y migrantes. En este sentido se privilegia el diálogo con diferentes gentes, espacios y tiempos que nos proporcionan información sobre esta categoría: las filas en extranjería, las relaciones en la Plaza Cataluña, las leyes, las relaciones en la asociación, las conversas en el tren, entre tantas otras. En este sentido no es necesario escoger un escenario al que se va a realizar la etnografía sino que se está dialogando en el cotidiano con ella. Así, tiene sentido también la idea de campo-tema de Peter Spink (2003). Investigar será escoger un tema y entrar en diálogo desde diferentes lugares, con diferentes personas. La intención es romper la dicotomía campo/no-campo. La investigación acerca de los discursos y prácticas de gobernabilidad con las adolescentes en el espacio del tiempo libre, busca analizar, por medio de los diarios de campo, entrevistas y trabajo de campo, las distintas formas de gobernabilidad y subjetivación presentes en este entorno educativo, definido desde el “uso libre del tiempo”. La presencia de diferentes voces y miradas, colaboran y matizan la visión parcial de la investigadora y proveen una comprensión comprometida, situada y responsable de la experiencia.

 

En estas aproximaciones etnográficas, la reflexividad ocupa un lugar importante. Ésta no es entendida como un acto de confesión por parte de quien investiga, es decir, como la necesidad de justificar el lugar desde el que vemos las cosas como si se tratara de una "autorización del ser" (Skeggs, 2002) como si esto nos permitiese salir de nuestro aparato de visión para dar cuenta de cómo éste se conforma en la línea de lo que Haraway llama la autoevidencia y transparencia. Se trabaja, en cambio, desde la noción de reflexividad de referencia (Adkins, 2002). Desde esta perspectiva, la reflexividad es entendida a partir de la reflexividad de las personas con las que trabajamos y la de la investigadora como parte de su comunidad académica. Como un espacio que privilegie y de cuenta de la relación que se establecen, lo multivocal y no sólo el mundo propio de quien investiga (Guarderas y Gutiérrez, 2004). La idea de reflexividad de referencia nos abre nuevas pautas y trae aportes para la investigación (y quizás también para la acción social). En ese sentido, al investigar nos conectamos parcialmente con lo que investigamos para de este modo poder dar cuenta de la relación que se establece entre quien investiga y el fenómeno investigado y de los cambios de posición en la relación. En este proceso, las emociones también juegan un papel importante ya que son entendidas como un sentido (Kleinman, 2002) que nos permiten establecer cambios de posiciones y de roles que constituyen giros y posibilidad de conocimiento, generadas en conjunto con quienes trabajamos.

 

Conclusión: “Gramáticas de resistencia para pensar el quehacer crítico

 

La gestión de las actuales sociedades liberales exige acciones de poder/saber dirigidas hacia la producción de subjetividades adecuadas a las exigencias de la producción inmaterial. Conocimientos, afectos, comunicación e información están en la base de las formas post-fordistas de gobierno, por lo que el mundo académico constituye una de las localizaciones claves desde las cuales se generan, reproducen y transforman las comprensiones hegemónicas de lo social. La investigación crítica académica está con/formada por una matriz institucional de poder/saber a la que busca subvertir. Se genera una tensión entre la reproducción de hegemonía (tanto en términos de conocimientos y prácticas investigadoras) o el éxodo y difracción mediante la creación de formas alternativas. Se trata de una tensión derivada de estar en la “Barriga del Mounstro”. En este texto se ha desarrollado una propuesta que parte del reconocimiento de esta posición paradójica y que apuesta por generar conocimientos y prácticas investigadoras para pensar y actuar frente a las formas actuales de gobernabilidad. La propuesta sugiere concebir la investigación como una práctica articulativa en tanto que permite reconocer el carácter situado del conocimiento y la necesidad de una conexión parcial con otros agentes para transformar nuestra posición de conocimiento.

Esto nos lleva a considerar la investigación no como representación del mundo sino como acción política responsable, como actos de resistencia a la hegemonía en la investigación, una “gramática de resistencia” para proponer formas de entender y hacer que subviertan las actuales prácticas de gobernabilidad. Un programa de subversión, precisamente por su carácter paradójico: necesariamente incompleto y siempre abierto (López Petit, 2002). La gramática consistirá entonces en los usos y formas en que desde la “barriga del monstruo” se subviertan e interpelen a las lógicas de poder.

Por otro lado, una investigación crítica debe tener especial cuidado con la relación de colonialidad de las relaciones de poder, asumiendo de que no se trata de negar el potencial de fertilidad de los aprendizajes intersocietales, por el contrario, se trata de tener conciencia tanto de las diferencias de contextos institucionales y sociales, como de las de tradiciones intelectuales, para así poder dialogar  y apropiarse consciente y creativamente de todo aquello que se juzgue conveniente. Creemos en la importancia de crear vínculos desde los cuales se puedan desarrollar redes de cooperación y estrategias de solidaridad (como las autorías colectivas) que rompan con los procesos de individualización académica e incorporen formas de conocimiento heterogéneas no eurocéntricas, en espacios de articulación potentes para producir formas de nombrar y de hacer, más prometedoras  y en sintonía con proyectos de transformación social.

Como reflexión general, cabe preguntarnos sobre la localización del trabajo crítico en el engranaje de las formas de producción. La investigación crítica, en tanto que producida en el contexto de las sociedades del conocimiento, es especialmente vulnerable a ser capturada para maquillar perspectivas conservadoras impregnadas de colonialidad  para hacer más sofisticadas las políticas de gobierno. Podemos citar, como ejemplos, el análisis del discurso o la psicología comunitaria. Elaboradas inicialmente como metodologías y formas de acción para “dar voz” y “empoderar” a las personas, han pasado a formar parte de las técnicas para conocer la subjetividad de la gente en gestión publicitaria u opinión política y, en el caso de la psicología comunitaria, para incentivar la participación ciudadana en las políticas institucionales. Por otra parte, el trabajo con grupos de acción contra-hegemónica, como se sugiere en el texto, puede hacer a los grupos más visibles y vulnerables, contribuyendo a fortalecer los mecanismos de gobernabilidad que se pretenden cuestionar.

La preocupación por los procesos de captura y expropiación del conocimiento nos lleva a enfatizar el carácter temporal, contingente y parcial de “lo crítico”. Nuestros productos, lejos de entenderse como generados desde “un exterior idealizado” liberado de los mecanismos de gobierno, albergan la propia semilla de nuestro origen. La apuesta por una perspectiva crítica no es entendida, por tanto, como garante de conocimientos producidos. Se trata, en cambio, de prácticas éticamente responsables, políticamente prometedoras y parcialmente indeterminadas que adquieren relevancia en cada una de las experiencias específicas que hemos estado desarrollando, sin ser consideradas, por lo tanto, respuestas definitivas, generalizables y/o intercambiables. Es en este transitar fractal, híbrido e inapropiado por los circuitos académicos donde reside, a nuestro entender, la posibilidad de emergencia de acciones y conocimientos críticos. Se trata de actos que pueden contravenir, subvertir y/o difractar parcialmente las lógicas hegemónicas de dominación que, posteriormente, podrán ser capturadas por la máquina de gobierno post-fordista. Esperamos, en todo caso, que las propuestas de investigación crítica presentadas, si bien son susceptibles de ser capturadas y transformadas en formas de gobernabilidad, puedan contribuir a la apertura de formas de acción social políticamente prometedoras.

 

(1) Esta confrencia se basa en una revisión del texto: "Investigación crítica, desafíos y posibilidades", de Fractalidades en Investigación Crítica, publicado en Athenea Digital  en el año 2005.