f. Recursos teóricos y metodológicos que se propone utilizar

Recursos Teóricos

 

Desde la teoría de las masculinidades, el proyecto contempla una revisión del estado del arte respecto a la noción de “masculinidad” y su relación con la identidad sexual y de género, teniendo como anclaje la propuesta de Connell (1995, 2002).

La autora ha sugerido desarrollar una teoría social sistémica del género, basando su propuesta en la consideración del género como una estructura de relaciones sociales. Esta teoría se crea a partir de una crítica a las teorías categoriales del género, en cuanto suponen la consideración de hombres y mujeres como categorías estáticas y preformadas ahistóricamente y que a menudo implican una apelación a las diferencias biológicas de manera implícita. Para Connell una teoría social del género requiere una teoría de la estructura social, por lo cual, se torna relevante el concepto de estructura, el cual daría cuenta de la complejidad de la dinámica histórica del género.

 Por tal motivo, el cuestionamiento de categorías sociales que conforman la estructura social y que constituyen las masculinidades tales como la identidad sexo-genérica, la orientación sexual o la clase; me ha estimulado a la incorporación de una perspectiva teórica que ha hecho posible el devenir de nuevas comprensiones para lo social. Así, la “teoría de la Performatividad” (Butler, 1990)[4] y sus críticas, no sólo me permitirán centrarme en el análisis de la construcción de las masculinidades inscritas en el sistema sexo/género puesto que el desarrollo del concepto de performatividad, estimula el análisis de la constitución de distintas formas de subjetividad, y por ende, de relación.

Butler en su comprensión del carácter performativo de las identidades enuncia la forma que encarna el poder reiterativo del discurso, planteando que mediante la repetición ritualizada de una norma, constitutivamente, creamos el mismo hecho que se nombra, actúa y regula (Butler, 1990).  En ese sentido, un acto performativo o performance, involucra actores, propósitos, guiones, historias, escenarios e interacciones. El acto performativo interviene entre la experiencia y la historia contada, lo que hace particularmente difícil sostener cualquier distinción entre apariencia y hecho, superficies y profundidades, ilusiones y sustancias (Denzin, 2003).

Esta comprensión performativa de lo social situará el poder y el conflicto en el interior de las subjetividades temporales que se van configurando con los efectos de cada acto performativo. Por ello, Butler, insistirá en que cada acto performativo es un original y una imitación. No existiendo performances originales ni una identidad preexistente a través de la cual un acto o atributo pueda ser medido. Cada performance es una imitación que se constituye en el contexto de relaciones de poder, una forma de mimesis que elimina en cada repetición las huellas de su producción. Una performance es siempre y sólo, una imitación, una copia de una copia, por lo cual, no existen los originales (Butler, 1993). 

En otro sentido, el proyecto propone un énfasis en la noción de “corporeidad”, reivindicando de paso un acontecer extradiscursivo en la interacción y el contacto de los cuerpos y la afectividad.  De este modo, se articula con el proyecto de las ciencias sociales que supone incorporar al cuerpo no solo como producto, en el sentido de objeto, sino como agente productor de significados (Pujol, Montenegro y Balasch, 2003). 

En ese sentido, Nightingale y Cromby (2001) defenderán que el cuerpo es un lugar íntimo donde la naturaleza y la cultura se encuentran, por lo que la centralidad depositada en el lenguaje, olvida precisamente aspectos de la materialidad del mundo social. Se niegan posibilidades para la acción y se olvidan los regímenes de poder que constriñen la experiencia humana. Razón por la cual, Foucault, puso énfasis en su análisis sobre la materialidad en la genealogía del poder, y a su vez, Preciado (2002) deposita en las tecnologías involucradas en la disciplinariedad del cuerpo.

De modo que, si nos situamos en el debate sobre la ausencia del cuerpo en el ámbito de la sexualidad, resulta un sin sentido, dado que como plantean Foucault (1976), Butler (1990; 1993) o Preciado (2002): “el cuerpo como lugar de opresión es el centro de tecnologías biopolíticas vinculadas al sexo y al género, como así también, un territorio que nos habla de experiencias y resistencia”.

Esta discusión tiene efectos sobre la praxis metodológica de la investigación, motivando un debate sobre las dificultades y retos de incorporar registros de la experiencia que pasan por la afectación del cuerpo sexuado. Más aún, cuando revisitamos en los discursos sobre los caminos que encarna la experiencia sexual, el papel que tiene el erotismo en nuestras biografías sexuales. Lo anterior, lejos de ser una imposición, demarca un territorio para contextualizar la discusión de los científicos sociales sobre ¿hacia dónde podemos ir en la investigación de las identidades sexogenéricas? Particularmente cuando hablamos del método y la técnica.

Esto incidirá en que se vislumbre la necesidad de recuperar la “corporeidad” como perspectiva de análisis para la comprensión del mundo social, posicionando al cuerpo no solo como un territorio objetal, sino, como un agente productor de significados y transformando la escisión entre corporeidad y discurso en un elemento difuso, ya que asumimos que el cuerpo en su dimensión material se encuentra atravesado por significados y discursos.

Por tanto, lo que denominaremos el giro hacia la corporeidad en la investigación haría comprensible al cuerpo en un Entramado Semiótico-Material[5] (Haraway, 1991) que expresa la unión irreductible e inconmensurable de ambos ámbitos que le gobiernan: la materialidad que excede al ámbito de las significaciones y viceversa. Ni materialidad precede a significación, ni el universo de significados puede desligarse de su vinculación a un componente material; generándose un interfaz que rescata el acontecer extradiscursivo y relacional de las experiencias corpóreas y el contacto de los cuerpos con la afectividad.

Desde esta lógica, se busca comprender las posiciones corporeizadas de los sujetos -e investigador- que participan en este colectivo, indagando en cómo se experiencia el cuerpo en estas interacciones, normalmente excluido en el proyecto de investigación del comportamiento socio-afectivo y sexual, y asimismo, de las disciplinas críticas en ciencias sociales en las cuales lo discursivo ha adoptado un papel central.


Propuesta Epistemológica-Metodológica

Para Donna Haraway (1997), la reflexividad ha sido reiteradamente sugerida y propuesta como la resolución a los conflictos del investigador, en tanto que una práctica crítica y dialógica con la construcción del conocimiento.  Sin embargo, sospecha que la reflexividad sólo como proceso de reflexión sea presa de lo mismo que critica al nombrar ciertas prácticas hegemónicas de otra forma, estableciendo preocupaciones por la búsqueda de un conocimiento auténtico y verdaderamente real (Haraway, 1997).

Por esta razón, desde una posición de “reflexividad crítica” propone la “difracción de significados” como una metáfora y estrategia coherente con la idea de que la mirada modifica lo que se ve. A diferencia de las reflexiones, las difracciones de significados no desplazan lo mismo a otra parte, de una forma más o menos distorsionada. La difracción permitirá definir un espacio diferenciado y oblicuo para otro tipo de conciencia, una conciencia crítica; emergiendo en estas comprensiones múltiples, particulares y polifónicas visiones sobre lo que se conoce. “La difracción es una tecnología narrativa, gráfica, psicológica, espiritual y política para crear definiciones consecuentes” (Haraway, 1997:30).

El tropo de la difracción apostará finalmente por una historia heterogénea, distanciándose de la búsqueda de los originales y en su insistencia hacia la crítica de la representación permite devenir discusiones sobre la utilización de los métodos en el proceso de investigación.

En este apartado, esbozaré brevemente las implicancias metodológicas de la propuesta de trabajo. Este último desafío conlleva la incorporación de conceptos que permitan la búsqueda de una batería de métodos y técnicas de investigación que difracten el conocimiento y se definan en función de la una epistemología situada y corporeizada.

 

Dicho objetivo me llevará a buscar en la etnografía -como estrategia metodológica- formas de encarnar el método que supongan la inclusión de la discusión epistemológica propuesta.

 

Etnografía e identidades sexogenéricas

Giami (1998) plantea que la práctica de recoger información y relatos sobre la experiencia sexual se encuentra cargada del peso simbólico de la historia y especialmente del contexto normativo social, religioso o biológico en el que éstas se inscriben, como también, del peso de las representaciones sociales de la sexualidad existentes. 

 

Esto me lleva a cuestionar si el uso de cuestionarios o inventarios que operacionalizan variables con las que se hace cognoscible la experiencia humana -materializado en el uso de encuestas o escalas- pueden dar cuenta de la riqueza y complejidad de la experiencia encarnada por cada sujeto. Una crítica a dicha perspectiva se fundamenta en que el uso de tales herramientas se sostiene en una visión paradigmática que cosifica la experiencia humana, en este caso sexual, en función de categorías que parcializan aquello que dicen problematizar.

 

Un nuevo desafío, entonces, se orienta a la interrogación de la etnografía como herramienta metodológica que constituya un punto de fuga para nuevas comprensiones y aplicaciones al ámbito de la investigación en sexualidad. Y sobretodo cuando ha habido en las últimas décadas un importante debate en torno a su utilización, generándose un desarrollo teórico-epistemológico y metodológico de la técnica. Básicamente a partir de los aportes de epistemologías críticas que han intentado reflexionar sobre el rol del investigador y la producción de conocimiento. Es así que en la actualidad podamos aplicar conceptos teóricos que particularmente hacen de la etnografía un método reflexivo, dialógico y performativo (Guarderas, Gutiérrez y León, 2005), subvirtiendo la epistemología de la distancia en la institucionalidad de la tradición antropológica.

 

La revisión de su definición permite situarnos en la identificación de la etnografía como un procedimiento o método que permite aproximarnos de forma comprensiva a la realidad social.

 

La escuela de Chicago la concibe como una aproximación a lo cotidiano a través de interacciones cara a cara entre quienes investigan y quienes son investigados en ciertas localizaciones y con la finalidad de cambiar las comprensiones sobre los fenómenos que se estudian (Deegan, 2001). A la vez que este proceso permite evidenciar una aproximación hacia sí mismo como investigador-interventor de una realidad social.

 

La etnografía clásica ha sido definida como “un proceso de extrañamiento” caracterizado por la capacidad de sorprenderse e interesarse, tanto por la interpretación que las personas dan a su mundo sociocultural, como por las comprensiones que se generan en el investigador sobre la realidad investigada (Velasco y Díaz de Rada, 1997). De manera que el objeto de conocimiento, desde un punto de vista psicosocial, será un nosotros. Vale decir, el Yo del investigador intenta comprender a otros Yoes, y en dicho proceso, se comprende a sí mismo sobre el fenómeno estudiado producto de la relación que establece con la comunidad investigada (Albertín, 2005). El valor de la etnografía, como conocimiento crítico, radica entonces en la posibilidad de cuestionar, modificar o mantener pensamientos y comportamientos fuertemente arraigados en la historia social. 

 

Respecto de la técnica, la observación participante corresponde a la herramienta más empleada (Guasch, 1997). En ese sentido, los instrumentos concretos para la praxis etnográfica se constituyen en la capacidad de poner palabras a los fenómenos, mediante la participación en dinámicas cotidianas de lo que investigamos, dando significado y sentido a las cosas, a los acontecimientos, a las personas. Y serán los elementos que competen al ejercicio de un etnógrafo, los múltiples encuentros y desencuentros del trabajo de campo y del trabajo de escritura. La observación participante como herramienta no se encuentra exenta de intencionalidad, compromiso e implicaciones que se van generando en su misma práctica (Albertín, 2005).

 

Por lo que esta comprensión o movimiento hacia su carácter performativo ha producido un cambio en el significado de la etnografía y de su contexto de producción, desplazándose a modalidades narrativas donde se incluyen autobiografías, historias breves, conversaciones y narrativas colectivas, ficción, ensayos fotográficos y textos fragmentados de sí mismo (Denzin, 2003); difuminándose en esta invocación a la difracción, las fronteras entre texto, representación y crítica.

 

Hacia una  investigación performativa

Esta propuesta de trabajo sobre el colectivo EntreAmigosBCN me ha posibilitado interrogar formas de producción de conocimiento instauradas en regimenes de comprensión sobre lo social y las identidades sexogenéricas. Esta constatación me lleva a la generación de una práctica crítica respecto a la posición del sujeto cognoscente cuando nos situamos en el campo. De allí la inclusión del concepto de Performatividad (Butler, 1990), desarrollado en el apartado precedente.

 

La traducción del concepto de “performatividad” en lo metodológico, según Denzin (2003), plantea un cuestionamiento al textualismo y el extrañamiento de etnógrafos clásicos que acuñaron la curiosidad por la diferencia y el exhibicionismo de la alteridad, permitiendo denunciar cómo los métodos de inscripción y descripción rigurosa de la realidad han convertido la cultura en un ensamblaje de escrituras que privilegian distancia y desapego de lo observado, se enfocan hacia “lo dicho y no hacia lo que se está diciendo, lo hecho y no lo que se está haciendo” (Denzin, 2003). Por el contrario, la investigación desde su carácter performativo demanda poner la cultura en movimiento y el acto de investigar, incluyendo sus dimensiones de movilidad, acción y agencia.

 

Para Denzin, el paradigma performativo privilegia una epistemología experiencial y participativa, valorando la intimidad y el involucramiento como formas de entendimiento, permitiendo una actitud de vulnerabilidad hacia las propias experiencias y las de los otros. El énfasis está puesto en el cambio, contingencia, localidad, movimiento, improvisación, lucha, prácticas y articulaciones en situaciones específicas. La investigación performativa puede ser vista, en consecuencia, como un lugar donde contexto, agencia, praxis, historia y subjetividad confluyan (Denzin, 2003). De modo que incluir la perspectiva performativa como análisis político de la investigación social permite preguntarnos por ¿cómo enunciamos y repetimos una norma? Y asimismo, ¿de qué manera las normas que nos constituyen se manifiestan o son invisibilizadas en nuestras posiciones de poder?

 

Es por ello que Butler, recuperando las políticas de interpelación en Althusser, establecerá una clara identificación de cómo la voz de la ideología nos interpela a través de una llamada en la que nos reconocemos y nos constituimos como sujetos (Butler, 1997). Aquí el acto de nombrar es central respecto a la identificación del proceso de sujeción, y por ende, determinante en la constitución de subjetividades. Dicha alegoría nos describe, desde el nombramiento, cómo nos encontramos sujetados a un determinado tipo de identidad, evidenciándose relaciones de poder a partir de la identificación del lugar y la voz que nombra.

 

La interpelación nos sujeta a formas de subjetividad que remiten a distintos lugares de enunciación y posiciones de poder, donde las consecuencias de determinado sexo, género, orientación sexual, etnicidad y clase, pueden ser vislumbradas. Por lo tanto, desde el análisis performativo de la realidad social resulta necesario un desplazamiento hacia un análisis performativo de la actividad investigadora como actividad que construye subjetividades, realidades y relaciones. Lo que nos entrega más pistas para conjugar críticamente los vínculos generados en función de la localización y articulación entre los distintos sujetos que conocen, puesto que corremos el riesgo de que en el juego de poder, determinadas voces autorizadas interpelen a otras en función de sus posicionamientos; generando espacios subalternos en la prometedora concepción de la relacionalidad que se abre con la articulación de actores en la investigación.

 

Este soporte teórico finalmente me permite preguntarme por la iterabilidad de prácticas de investigación arraigadas en comprensiones asimétricas de lo relacional, explosionando y subvirtiendo aquellas configuraciones hegemónicas que repiten el establecimiento de jerarquías y distanciamientos.

 

Así, el desarrollo de una reflexividad crítica nos incita a la búsqueda de formas performativas de investigación (FIC, 2005), donde distintas posiciones de sujeto puedan ser encarnadas por los investigadores a fin de interrogar las categorías que le constituyen en dicho proceso. Asimismo, la necesidad de explicitar que investigar no solo supone aplicar métodos, sino, apropiarse de ellos, fagocitarlos y transformarlos. Un movimiento que no debe ser entendido como  posesión de éstos artefactos, sino, como encarnación: vivirlos y sentirlos (Guarderas, 2005).

 

Específicamente, la invitación a subvertir performativamente los métodos, se traducirá también en un llamado a repensar la investigación en términos más inclusivos desde el punto de vista tecnológico, considerando por ejemplo, los entornos virtuales como un lugar desde donde poder difractar y dialogar con comprensiones para las identidades y las posiciones del investigador, y ciertamente, un llamado a reinventar la caja de herramientas.

 

[4] Esta comprensión toma como punto de partida la teoría de los actos del habla de John Austin (1962), quien planteó que existen actos locucionarios, ilocucionarios y perlocucionarios.  Butler apelará al carácter performativo del lenguaje, identificando en este la tecnología más importante de socialización. Se interesará por los actos perlocucionarios o perlocutivos, según los cuales “decir” es igual a “hacer”, produciendo efectos y consecuencias en los sentimientos, los pensamientos o las acciones de uno mismo o de los otros (Austin, 1962).  En la interpretación de Butler, la potencia de los actos perlocutivos se relaciona con la capacidad que impulsa o sostiene la realización de ciertos actos, gracias a un proceso de iterabilidad o repetición constreñida a ciertas normas sociales (Butler, 1990).   

[5] La perspectiva de los conocimientos situados” comprende que toda producción de conocimiento es posible de ser comprendida a partir de condiciones semióticas y materiales, dando lugar a una mirada particular sobre el conocimiento que se construye. Estas condiciones iniciales no resultan un obstáculo, sino, la condición de posibilidad para comprender el proceso de producción ligado a la investigación (Haraway, 1991).