Glocalización en la investigación

Publication Type  Book Chapter
Year of Publication  2005
Authors  Balasch, M.; Ema, J.; Gutiérrez, P.
Editor  Romay Martínez, J. y García Mira, R. (eds.)
Book Title  Psicología social y problemas sociales: epistemología, procesos grupales y procesos psicosociales básicos
City  Madrid
Publisher  Biblioteca Nueva
ISBN Number  84-9742-450-6
Full Text  Glocalización en la investigación Marcelo Balasch Domínguez (Universidad Autónoma de Barcelona) José Enrique Ema López (Universidad de Castilla y La Mancha) Pamela Gutiérrez Monclus (Universidad Autónoma de Barcelona) 1. Investigación crítica La investigación forma parte de un entramado de saber-poder institucional que tiende cada vez más a la privatización y mercantilización del conocimiento, así como al trazado de líneas de convergencia y direccionamiento hacia criterios de producción acordes con las formas de dominación propias del “capitalismo cognitivo” (Virno, 2003). En este sentido, observamos -por ejemplo- procesos de individualización de la autoría de la producción de conocimiento (a través de currículums, evaluaciones o méritos) o bien a la estimulación de formas cooperación, al servicio de proyectos de interés privado (por medio de la cooperación transfronteriza entre universidad y empresa –sin admitir cambios de residencia de ciudadan*s-cuerpos del sur al norte- mediante proyectos I+D). Estas y otras disposiciones académico-institucionales operan como máquina de captura de la potencia cooperativa de singularidades heterogéneas, minando la capacidad de producción de conocimientos críticos o contrahegemónicos. Por lo tanto, la práctica investigativa, se encuentra en la paradoja de cuestionar los fundamentos de aquello en que, de un modo u otro, participa constitutivamente. El desarrollo de la sociedad post-fordista y nuestra localización -en tanto que subjetividades investigadoras- en la barriga del monstruo (Haraway, 1991) plantea la necesidad de una reflexión sobre el contexto, las posibilidades y las formas de un trabajo crítico en el presente marco institucional. A partir de la asunción de los efectos que sobre nuestras prácticas supone el estar localizadas en este contexto académico actual, esta comunicación explorará, desde de la preocupación e interés por la dimensión política de la producción de conocimientos, hasta algunas claves epistemológicas y metodológicas desde las que (re)pensar la investigación crítica: la adopción de una perspectiva no-representacionista, la necesidad de una objetividad (situada), el cuestionamiento a la división simbólico / material y la articulación. Sintéticamente, entendemos por crítica aquellas prácticas que tienen un doble objetivo: por una parte (1), politizar un orden determinado, es decir, desnaturalizarlo, mostrando las relaciones de poder que están detrás de su consolidación como orden hegemónico. Y por otra (2), contribuir a la constitución de un orden de cosas diferentes al hegemónico. La crítica, entendida de este modo, es una práctica política. Y es que, en nuestra opinión, lo político implica, un doble movimiento simultáneo de desestabilización y fijación de prácticas y significados en el terreno de lo social. Así, politizar un orden determinado supone, por una lado, poner de manifiesto la ausencia de una naturaleza última o fundamento que lo legitime, asumiendo la contingencia como una característica constitutiva y necesaria. Y al mismo tiempo, conlleva el intento por instaurar como norma otras condiciones de posibilidad, otro orden que surgiría al subvertir o difractar el orden anterior. Creemos que en la medida en que podamos mirar de forma crítica los fenómenos estudiados, contribuiremos a abrir cursos de acción de contrapoder y formas de vida de resistencia. Los conceptos y prácticas de investigación que desarrollamos, más que un campo de conocimiento unificado, ofrecen perspectivas teóricas, epistemológicas y metodológicas para afrontar y resignificar las prácticas actuales de gobernabilidad (Foucault, 1978). Entendemos pues, la investigación crítica como la generación de un espacio de diálogo que busca ser productivo para generar comprensiones políticamente prometedoras de los mecanismos, tecnologías, lógicas y dispositivos de poder emergentes en nuestras sociedades actuales, así como para pensar/actuar formas de acción política, formas de organización de lo social, que puedan contravenir dichos mecanismos de dominación. A continuación desarrollaremos algunos principios epistemo-metodológicos para la investigación crítica. No se trata de un recetario “crítico”, ya que no garantizan que el conocimiento producido desde dichos principios vaya a ser necesariamente crítico. Constituyen más bien, un punto de partida que enfatiza en la dimensión ética vinculada a las prácticas de investigación. 1.1. Perspectiva no-representacionista Las perspectivas dominantes de investigación se sostienen en la actualidad en los principios epistemológicos representacionistas y positivistas, a pesar de que han recibido fuertes críticas desde hace ya un tiempo. La articulación entre presupuestos epistemológicos positivistas e intereses de dominación capitalista, no es ni mucho menos algo natural, sino el resultado de múltiples relaciones de fuerza que, a pesar de todo, no logran gobernar por completo las diferencias y las alternativas contrahegemónicas de prácticas de investigación. Considerar la propia posición como la única verdadera y a la cual las otras cosmologías han de someterse, es ya una forma de dominio. A si mismo, se suele ocultar las condiciones que hacen posible que una determinada afirmación se establezca como verdadera, así como los intereses que han llevado al establecimiento de tal verdad. A nuestro entender, una actividad crítica debe dirigirse hacia esta forma básica de implantación de hegemonías. La perspectiva dominante, que parte de un conocimiento objetivo válido y universal, considera que a partir de este conocimiento pueden derivarse intervenciones y acciones igualmente universales. Este planteamiento imita el modelo clásico de las ciencias naturales. La sociedad, al igual que la naturaleza, sería una sustancia manejada por unas leyes sociales relativamente simples. Es así como, muchas formas de intervención social, tratan a la persona como si se tratara de una 'partícula física' a merced de leyes sociales derivadas de la investigación social. Grupos sociales se establecen como "áreas de investigación" para legitimar formas de control a través de diversas estrategias de poder (Spivak, 1988). La epistemología representacionista puede resumirse con la metáfora que conocer es elaborar una fotografía de la realidad externa (por lo tanto, conocer es representar dicha realidad). La concepción representacionista parte de la escisión entre conocimiento y acción. El “acto de conocer” representa, pero no modifica el mundo. Únicamente la intervención -posterior al conocimiento- puede transformar el mundo. Desde esta perspectiva el conocimiento consiste en la elaboración de una representación que nos permite dar cuenta de lo que ocurre en el mundo. De este modo, se conforma la existencia de dos esferas inconexas y separadas entre sí por una brecha o abismo: por un lado, “el mundo o la Realidad” y por otro, “nuestras representaciones o ideas” acerca del mismo. La correspondencia entre ambos mundos pasa por la construcción de un puente que cruce el abismo abierto entre las dos esferas: instrumentos de representación asépticos que garanticen el conocimiento del mundo ‘sin contaminarlo’ (Latour, 1999). Las asunciones de la epistemología representacionista pueden ejemplificarse a través de la cámara fotográfica. En principio, la cámara toma una imagen “neutra” y “objetiva” de la realidad tal cual es. Se distinguen claramente tres ámbitos separados, (1) la realidad tal cual es (con sus imágenes y colores) (2) nuestra herramienta de representación (la cámara que puede tener, o no, defectos para representar la realidad) y (3) nuestro ojo que ve la realidad tal cual es y puede comparar y ver si la cámara representa fielmente la realidad o no. Esta metáfora falla al pensar en como estudiamos los fenómenos sociales, sobre todo por tres razones: a. No existe un observador completamente externo, una posición independiente, no mediada por una forma peculiar de mirar, es decir, siempre se mira a través de una cámara (nuestros ojos ya son una cámara fotográfica). b. Por tanto, no existe una separación entre los objetos “ahí fuera”, nuestros instrumentos para mirarlos y nosotras como observadoras independientes de los objetos (Ibáñez, 2001). Por ejemplo, una manzana es roja, pequeña y fría por que tenemos ojos manos y terminales nerviosos que nos permiten conocerla. Esto no quiere decir, que la manzana pueda ser también, caliente y grande, según el capricho de la persona que observa (subjetivismo), sino que la temperatura y el tamaño de la manzana no depende sólo de la propia manzana sino de la relación entre la manzana, el ojo, la mano, los terminales nerviosos, etc. y nuestros vocabularios sobre el tamaño, color, temperatura, etc. Es decir, no es posible una mirada objetiva, en tanto que independiente de la posición, características, instrumentos, etc. de quien mira. c. Los objetos del mundo no son entidades puras al margen de nuestra manera de mirarlas. Lo que nombramos como un objeto del mundo, como un fenómeno social, o un problema social no está constituido, en parte, por nuestra manera de conocerlo. Conocer es también construir, hacer mundo. 1.2. La necesidad de una objetividad (situada) Sin embargo es necesario mantener alguna idea de objetividad como conocimiento “adecuado”, legitimador de los cambios que queremos provocar. Que no sea posible un conocimiento objetivo como representación neutral, definitiva, como correspondencia con “una sola” realidad positiva y verdadera, no significa que todos los procesos de dotación de sentido sobre nuestro mundo, nuestras prácticas, etc. sean igualmente legítimos. El concepto de 'objetividad situada' (Haraway, 1991) nos permite distanciarnos tanto de la objetividad y neutralidad de las posturas representacionsitas como de la imposibilidad de acción del relativismo. Cada posición de conocimiento -incluida la nuestra-, nos permite ciertas formas de conocer y actuar. Por lo tanto, es necesario establecer las características y los límites de estas formas de conocimiento, asumiendo nuestra responsabilidad y la contingencia de las “verdades situadas” que construimos con “otros”, sin pretender ser “el otro”. Considerando que sólo podremos acceder a estas verdades (situadas) en base a una “conexión parcial” (Haraway, 1991). Por lo tanto, el acto de conocer está corporeizado, atravesado por nuestros valores, pretensiones, disposiciones, etc. Así como, por el contexto de normas y relaciones semiótico-materiales que nos permiten actuar-conocer de un modo determinado. La producción de conocimiento es una actividad política, el conocimiento se produce desde un lugar determinado y siempre debemos preguntarnos por los lugares que ocupamos y las posibles consecuencias del conocimiento que generamos. No podemos separar la investigación y la acción ya que la actividad misma de investigar implica un posicionamiento y una acción en y frente a actuales formas hegemónicas. Cualquier acción tiene implícitos una serie de conocimientos y transforma otros. La separación entre investigación y acción es una idealización y purificación de categorías afín, a una forma de gobierno, que impone una acción 'necesaria' (i.e., flexibilización laboral) basada en un conocimiento 'objetivo' (i.e., necesidades de mercado). Estos elementos apuntan hacia una práctica crítica dirigida tanto hacia el discurso hegemónico como a las prácticas que nos permiten aparecer como sujetos institucionalmente aceptables (currículo académico, adscripción institucional y disciplinar, autoría individual...), una práctica que busca incidir en aquel lugar en donde no queremos dejar de estar. La práctica investigadora debe, por tanto, ahondar en aquellas formas de gobernabilidad consustanciales a las actuales formas de investigar. Es en este sentido, consideramos la investigación crítica como una acción política: tanto por los objetos de estudio como por la forma de abordaje de los mismos. Se trata de hacer confluir significados y prácticas que cuestionen formas de gobierno, con propuestas temporalmente contrahegemónicas al estado actual de cosas. No se trata, por tanto, de encontrar la lectura verdadera, sino de encontrar aquella(s) verdad(es) parcial(es), que nos permitan una actividad crítica, tanto con las relaciones de poder del mundo que nos rodea, como con nuestras propias herramientas de conocimiento-acción. En este sentido participamos de una idea de verdad situada y de carácter pragmático-político: verdadero sería aquello que moviliza y dinamiza prácticas y deseos de resistencia y libertad. 1.3. Cuestionamiento de la distinción simbólico / material Usualmente la relevancia de los aspectos inmateriales o simbólicos en las relaciones de poder es cada vez más patente y relevante. En este sentido, es conveniente entender la cuestión del conocimiento como parte de la acción transformadora. Es decir, nuestra realidad y el modo como vivimos en ella depende también de nuestras formas de vivirla, entenderla, valorarla con elementos simbólicos que van más allá de la satisfacción de determinadas relaciones materiales. Así, podemos entender el conocimiento no sólo como pre-condición para la acción, sino también como parte de la acción misma. Si queremos transformar el mundo debemos atender a cómo el mundo es vivido-entendido y trabajar por el cambio en ese terreno. Sin embargo, desde esta aproximación se entiende el conocimiento como únicamente simbólico (se refiere a ideas, significados... ) inmaterial. Esta mirada parte de una distinción entre lo simbólico y lo material que es quizá un tanto forzada. Lo simbólico no está separado de lo material, tiene efectos concretos, particulares, tangibles... no es el mundo de las ideas separado de la materialidad de la vida. En este sentido podemos considerar el conocimiento no sólo como un proceso inmaterial de apropiación de sentido (mediante ideas, representaciones, etc), sino como un tipo de experiencia situada en un contexto concreto que incorpora –incluso de manera no consciente y no racional: disposiciones para la acción, sedimentaciones corporeizadas de hábitos, deseos, etc....- como un tipo de conocimiento práctico que puede permitirnos o dificultarnos una determinada posición reflexiva y práctica. Es así cómo, que desde ésta concepción del conocimiento, la distinción entre material y simbólico sería cuestionada. Desde diversas perspectivas se ha mostrado como las relaciones de poder contemporáneas se manifiestan, no tan sólo en la represión de determinados comportamientos, sino también en la producción de formas de vida, de deseos, afectos, valores e ideas de la vida cotidiana (biopoder). En este sentido el cuerpo humano se convierte en escenario de estas relaciones de poder (y también de las de resistencia). Nuestra forma de “ser-estar” en el mundo no pasaría únicamente por nuestra forma de interpretar reflexiva y racionalmente lo que nos pasa, sino también por nuestras disposiciones corporeizadas, hábitos, afectos no racionalizados pero igualmente presentes que posibilitan/limitan nuestras acciones. Esta atención a la corporeidad de las relaciones de poder ha sido puesta de manifiesto desde muy diferentes perspectivas y ámbitos: nuestra vida como seres sexuados-generizados-racializados; nuestros hábitos estéticos y de consumo; o por ejemplo, la disposición hacia la obediencia a la autoridad. Todos ellos, ponen de manifiesto la dificultad de distinguir lo simbólico de lo material, su interpenetración y la necesidad de su consideración para cualquier proyecto de cambio socio-político. Algunos debates contemporáneos sobre las posibilidades de cambio social y político han construido dos posiciones enfrentadas aparentemente de manera irreconciliable. De un lado, aquellas propuestas derivadas del marxismo que reclaman la transformación de las condiciones materiales objetivas. Y por otro, aquellas (denominadas a veces como postmodernas, culturalistas...) que se refieren a la desestabilización/fijación de los significados, el reconocimiento de las diferencias simbólicas, como el terreno de la trasformación socio-política. Pero, ¿son dos tipos de acción política excluyentes?. Sí, si seguimos planteando la dicotomía simbólico / material. De este modo, desestabilizar el significado sería sólo modificar nuestra forma de interpretar la realidad, sin cambiar en manera alguna lo que la realidad es “realmente.” Pero si mantenemos que significación y realidad no pueden separarse, "desestabilización del significado" y "transformación de las condiciones materiales" no son dos acciones excluyentes. Las condiciones materiales toman su sentido en un contexto de significaciones concreto y los significados son finalmente (posibilidades de) acciones y (de) prácticas concretas (Ema, J.; García, S. y Sandoval, J. 2003). 1.4. Articulación La consecuencia más directa de los principios discutidos anteriormente en la forma de entender la investigación, es el cuestionamiento constante de las maneras en las que esta actividad se desarrolla. Por ello, consideramos que la relación tanto con el fenómeno estudiado como con las personas, acontecimientos y textos con las que conectamos en el acto de investigar se basa en la noción de articulación, (Laclau y Mouffe 1985), entendida como la relación (o relaciones) precarias y situadas históricamente donde se fijan significados que, por un lado, definen las posiciones de sujeto de quienes participan, y por otro lado, se forman como antagónicas a otros grupos y significados sociales. Articulación es pues una asociación significativa entre diversas cosas y a la vez el modo como se producen éstas como significativas. Significativa, en el sentido de que es importante para quienes se involucran, y también en el sentido de que significa los elementos de la relación (Haraway, 1991). Es, por tanto, un espacio político donde no hay fundamentos últimos, sino parciales, contingentes y temporales. En este sentido, el concepto de articulación trabaja sobre la base de la búsqueda de efectos de conexión en relación con aquello que permita, desde nuestra posición de investigadoras, transformar nuestro punto de partida sobre el fenómeno a estudiar. Esta idea se basa en la propuesta de conocimientos situados que parte de la asunción de la parcialidad de la mirada de la investigadora, su carácter situado y localizado, ya no desde una posible identidad, que la separa de otros, sino desde la perspectiva situada que la pueda conectar con otras posiciones afines pero distintas. "El yo que conoce es parcial en todas sus facetas, nunca terminado, total, no se encuentra simplemente ahí y en estado original. Está siempre construido y remendado de manera imperfecta y, por lo tanto, es capaz de unirse a otro, de ver junto al otro sin pretender ser el otro. Esta es la promesa de la objetividad, es decir, de la conexión parcial" (Haraway, 1991/1995: 331). El reconocimiento de la parcialidad y limitación de la propia mirada enfatiza, entonces, la necesidad de la conexión y articulación con otras posiciones desde la cual se produce el conocimiento. Los efectos metodológicos de la conexión parcial con otras posiciones modificarán la posición inicial de las investigadoras, al tiempo que localizan el conocimiento producido en un entramado relacional. Bajo esta perspectiva, los conocimientos situados, lejos de representar una realidad externa a nosotras mismas, son producto de la conexión parcial entre investigadora y aquello investigado. Conexiones porque hay lenguajes y experiencias compartidas y parciales porque todas las posiciones difieren entre sí y se conectan a partir de la tensión semejanza – diferencia que hay entre ellas. Estas articulaciones permiten producir significados y fijaciones parciales de sentido sobre el fenómeno estudiado; éstos se posicionarán de manera conflictiva frente a otros significados que operan en la comprensión del fenómeno. La perspectiva de la articulación enfatiza la preocupación por la producción, éticamente responsable, de conexiones con múltiples posiciones. Dicha perspectiva, abogan por una comprensión del conocimiento alejada del modelo de la ciencia hegemónico representacionista al considerar, que el conocimiento es un acto de definición y redefinición semiótico-material, de producción de comprensiones de lo social, a través de la tensión semejanza / diferencia que se produce al entrar en contacto con otras posiciones. Investigar desde una perspectiva articulatoria busca, por lo tanto, alterar la posición de partida del sujeto de investigación mediante dicho contacto productivo con prácticas y significados del mundo social. Desde esta perspectiva, no se trata tanto de preguntarnos cuál es la posición que asumimos como investigadoras, sino más bien cómo y a través de qué conexiones se localiza el conocimiento producido. En lugar de situar la discusión acerca del lugar de emergencia del conocimiento en el sujeto -lo que nos conduciría a la reificación de la posición de la investigadora como centro legitimador de los conocimientos producidos-, ésta pasa a ser una posición abierta a la conectividad y el conocimiento es el producto de dicha relación entre la posición de partida del sujeto de conocimiento y las conexiones parciales que se establecen en el transcurso de la investigación. El conocimiento no es entendido, por tanto, ni como el descubrimiento de una realidad, ni como aquello que es producido desde una posición determinada desde la que va a ser posible ‘ver mejor’, sino como el producto de la articulación con prácticas, significados, discursos, materialidades y agentes afines pero diferentes. La idea de la articulación es una apuesta por la hibridación, contaminación y conexión parcial con posiciones, prácticas y discursos, presentes en lo social, que están actuando de múltiples formas frente a las actuales formas de dominación. El concepto de articulación, nos posibilita relacionarnos con una diversidad de actores sociales a partir del reconocimiento de nuestras semejanzas y diferencias y de las relaciones de poder que nos atraviesan, necesariamente presentes en cualquier relación, a la vez que nos exige un trabajo y reflexión para minimizar formas de dominación. De esta manera, se construyen relaciones en las cuales la reflexividad y las emociones (Adkins, 2002; Skeggs, 2002; Kleinman, 2002) forman parte constante del proceso de investigación. 2. Conclusiones La paradoja en la que como subjetividades investigadoras estamos imbuidas al cuestionar aquello (espacios de producción de conocimiento) de lo que somos parte constitutiva (estamos en la barriga del monstruo) nos exige (re)pensar las formas en que producimos conocimientos críticos. La adopción de una perspectiva no-representacionista, la necesidad de una objetividad situada, la no escisión simbólico / material y la noción de articulación son algunas de las claves epistémico-metodológicas desde las que afrontar el reto que supone asumir la dimensión política de los conocimientos que producimos. Dichos principios, sin embargo, no son entendidos como una garantía que va a determinar el resultado de los conocimientos producidos. Se trata, en cambio, de prácticas de investigación éticamente responsables y políticamente prometedoras que se actualizarán en cada una de las investigaciones llevadas a cabo de forma específica sin que puedan considerarse respuestas definitivas, generalizables y/o intercambiables. En este sentido, no debemos dejar de atender a los procesos de captura y expropiación de los conocimientos que producimos en beneficio de formas más sofisticadas de control y gobierno de las sociedades. Es en este transitar fractal, híbrido e inapropiado por los circuitos académicos donde reside -a nuestro entender-, la posibilidad de emergencia de acciones y conocimientos críticos que pueden contravenir, subvertir y/o difractar parcialmente las lógicas hegemónicas de dominación. 3. Bibliografía Adkins, L. (2002). Reflexivity and the politics of qualitative Research. En T, May (Ed.), Qualitative research in action (pp. 332-348). London: Sage. Ema, J.; García, S.; Sandoval, J. (2003). 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