Afectividad

AFECTIVIDAD  

Al trabajar con personas politizadas, activistas de movimientos sociales o al ver mi propia participación política se me ha cruzado muchas veces la relación que hay con lo afectivo, con las emociones, con los sentimientos. Si bien al hablar sobre movimientos sociales aparecieron algunas cosas sobre cómo, desde esas perspectivas teóricas, se entendía al sujeto y lo afectivo dentro de los procesos de participación política, es decir cómo es abordada – o mejor dicho, no abordado- esta relación, ahora quiero enfocarlo desde la mirada de lo afectivo y desde dónde estoy entendiendo la afectividad para esta investigación. A continuación entonces abordaré el tema de la afectividad. Primero desarrollaré una mirada general al cómo hemos entendido en psicología social esto de lo afectivo, luego explicaré por qué hablo de afectividad, y a qué me refiero con este término. Y finalmente abordaré a algunas perspectivas que he encontrado sobre la relación que hay entre lo afectivo y lo político. 

1. La mirada tradicional sobre emociones y afectividad 

Hemos visto que desde las teorizaciones sobre movimientos sociales y participación política se  tiende a focalizar en el colectivo y, cuando se hace una mirada a la persona que participa de dicho colectivo, se pasa al otro extremo, al de la psicología individualista. Respecto a la afectividad pasa algo similar. Cuando se hace referencia en psicología a los sentimientos, emociones o la parte afectiva de una persona, se tiende sólo a mirar el asunto desde el enfoque individualista. Como si lo afectivo fuera algo individual, constitutivo del ser, propiedad de una persona (Gil, 1999).  La tendencia general es a estudiar lo afectivo como una esencia, como lo biológicamente constituyente de una persona. “La emoción es vista siempre como un universal, una característica del ser humano, que se actualiza a cada momento en todos y cada uno de los individuos de la especie, otorgándoles pues su característica “humanidad”. Por lo tanto la emoción es la prueba de la existencia (en el fondo de toda persona) de un residuo de humanidad.” (Gil, 1999:99) Puede ser que todo esto tenga que ver con Descartes y la división cuerpo-mente, y luego, entre lo racional y lo irracional. Y es que con el tiempo hemos ido asociando lo afectivo al cuerpo y a lo irracional, dejando al otro lado del binomio lo racional, lo objetivo, la verdad, la mente. Para hablar de esto tenemos los escritos de Haraway (1995), cuestionando el papel de la ciencia y cómo hemos construido un paradigma de verdad que excluye a unas e incluye a otros, o los escritos de Latour y compañía  De modo que, en ciencias, nos hemos preocupado de dejar a un lado pasiones, emociones, sentimientos, afectos (Fernández, 2007), y claro, así como los dejamos a un lado para poder conocer objetivamente, hemos supuesto también que para conocer ese objeto de estudio debemos filtrarlo de estas cosas irracionales. Entonces… estas cosas de lo afectivo lo hemos mantenido bien lejos. Los últimos año si, ha habido un cambio. La verdad es que ahora as emociones están de moda. Todos hablamos de emociones. Ya hay mucha gente estudiándolas, gestionándolas, controlándolas. Adriana Gil en su tesis doctoral hasta sostiene que son el nuevo objeto de consumo… o que el consumo es la nueva gran emoción. Llegar y llevar. “La emoción garantiza al individuo la posesión de la verdad, una verdad que uno está dispuesto a relativizar puesto que sabe que es individual, subjetiva, pero que no por eso es menos verdad. Que la postmodernidad relativiza las grandes verdades universales, muy bien, el capitalismo lo admite, pero con una condición, que no sean sociales sino individuales. La emoción cumple muy bien su encargo, legitima los deseos del individuo, –obviamente deseos de consumo– al entender que estos surgen de su interior. La emoción es auténtica, no depende de la sociedad aunque se relacione con ella, por lo tanto no es falsa” (Gil, 1999:92) Tomaré como ejemplo un libro con el que me encontré al revisar la bibliografía existente en psicología social sobre lo afectivo, los sentimientos y las emociones. El libro se llama “El amor desde la Psicología Social” (Yela, 2002). En él se hace una descripción de cómo el amor, como una de las emociones que las personas llevamos dentro se “expresa” en nosotros, qué nos hace sentirlo, qué nos hace dejar de sentirlo, qué es, cómo se produce e incluso cuál es su ciclo de “vida” dentro nuestro. El libro hace una descripción de una cosa objetivada, tangible, real, cierta…e igual para todos y todas (bueno, obvio, se muestran algunas diferencias entre como “un hombre y una mujer viven” ese amor). Para muestra, solo un par de las miles frases que permiten constatar cómo hemos entendido desde la psicología social tradicional la cuestión de las emociones:  -“Es importante una aproximación científica a la comprensión del amor, puesto que el conocimiento puede facilitar la solución de aquellos problemas que sean fruto de la ignorancia” (p.27). Refiriéndose a la relevancia de su estudio… y los problemas a los que se refieren son la decepción, la ira o comportamientos violentos. -“Cuando hablemos de  conducta o comportamiento amoroso o simplemente de amor, nos esteremos refiriendo al conjunto de pensamientos, sentimientos, motivaciones, reacciones fisiológicas, acciones (incluida la llamada comunicación no verbal, con frecuencia inconciente) y declaraciones (conducta verbal) que engloba el fenómeno amoroso” (p.34) Para nuestra cultura occidental las emociones son propiedad del individuo. En el discurso cotidiano también podemos ver ampliamente este fenómeno. Tanto en las conversaciones íntimas entre personas, dónde se busca entregarse al otro mostrando las emociones más profundas o en la tendencia psicologizante del mundo occidental actual, donde se nos invita a conocer nuestras emociones, a ponerles nombre, a saber como “nos hacen” reaccionar. Entonces, desde las concepciones tradicionales en psicología, donde ha primado la visión individualista del sujeto, conceptualizando a las personas como una mente y un cuerpo individual, suponiendo una realidad mental individual que se autodetermina (Gergen, 1996), se ha entendido que la parte afectiva del ser humano está dada por las emociones, que son individuales, sentidas en el cuerpo por una persona y con una base biológica. “Tradicionalmente hemos considerado las emociones como pasiones inherentes a un individuo singular, genéricamente preparadas, con una base biológica y fundamentadas experimentalmente. Desde esta perspectiva, las emociones individuales podrían tener efectos en el proceso microsocial, o al contrario” (Gergen, 1996:267) Con la claridad de que las emociones existen, están en el cuerpo de las personas y se manifiestan de igual forma para todos, la ciencia ha avanzado en la objetivación del sentir,  materializándolo, objetivizando el afecto a través de indicadores conductuales que permitan reconocer y medir las emociones. De modo que, ya contamos con descriptores biológicos (latidos, sudoración, etc.) y actitudinales (expresiones faciales, tensión corporal) que nos permiten decir-reconocer que sentimos y que además todas podamos constatar eso y acordarlo. Se puede mirar también como hemos ido usando las emociones para configurar una subjetividad determinada. Por ejemplo en el uso que hacemos los psicólogos de las emociones para describir si una persona está bien o mal, para diagnosticar normalidad (en esta línea están las investigaciones sobre mecanismos de gubernamentalidad y ciencias psi: Riveros, 2005; Rose,1999). Toda descripción de la psicología clínica incluye componentes emocionales, y ya es de uso común el categorizar a las personas según su sentir. Las emociones son observables, analizables, gestionables e interpretables. No es raro escuchar cosas como “esta persona está muy triste, debe estar deprimida” o “tanta alegría es rara ¿habrá tomado algo?”.  “La trampa de las emociones es que aparentemente nos suceden dentro, en plena soledad y/o ausencia de los demás. Los otros sólo intervienen como objeto de las emociones –personas a las que se aman, odian, agreden, etc. – pero las emociones son sólo nuestras, se han hecho como reacción a la realidad y somos los únicos que tenemos acceso a ellas en caso de que se dejen ver. Aún así, somos completamente pasivos frente a ellas ya que son otros los que las provocan, sirven para decirles a otros cómo estamos en realidad, y nos indican nuestra adecuación social a las situaciones (Gil, 1999:166) Entonces nos encontramos con dos tipos de discursos respecto a las emociones, por un lado son una cosa peligrosa, media bestial, irracional a la que tenemos que escapar, y por otra parte, son lo que nos hace humanos, la nueva esencia del ser, a la que tratamos de acceder a través de terapias, autoanálisis, lecturas de libros de autoayuda, etc. “El discurso de la emoción oscila entre su extrema animalidad y su extrema humanidad (Gil, 1999:104)  

2. ¿A qué me refiero cuando hablo de afectividad? 

“Los afectos son casi siempre estudiados como si fueran causas, como si fueran efectos, como si fueran conductas, como si fueran atribuciones, como si fueran funciones, como si fueran representaciones, como si fueran palabras, pero casi nunca, como siendo afectos” (Fernández, 2007:8) Pero no todo en ciencias, ya lo sabemos, es mainstream. El postmodernismo se ha encargado de cuestionar lo que hasta aquí creíamos como verdad, de deconstruir casi todo lo deconstruible, de sospechar.  Así es que, ¿de qué otra forma podemos entender este asunto de las emociones y lo afectivo? Desde un enfoque construccionista la descripción objetiva que se hace de las emociones no es más que una retorica para dar explicación y sentido a aspectos que se han definido desde el sentido común. Gergen se refiere al tema diciendo que “las comunidades generan modos convencionales de relacionar; a menudo las pautas de acción dentro de estas relaciones son cualificaciones dadas. Algunas formas de acción-estándares occidentales- de dice que indican emociones” (1996:273). Así este autor define las emociones como “acontecimientos dentro de pautas relacionales: como acciones sociales que derivan su significado e importancia de su situación dentro de rituales de relación” (Gergen, 196:269) El yo, desde esta perspectiva, es en la articulación con otros. El yo es relacional y por tanto las emociones no es que influyan en la vida social, sino que son parte constituyente de ésta. Por otra parte, las perspectivas feministas (por ejemplo los desarrollos teóricos de Judith Butler) han propuesto lo últimos años una concepción alternativa de ser humano, de sujeto, de subjetividad, cuestionando las verdades que hemos tejido sobre el hombre, la ciencia, la verdad y, desde ahí, se ha ampliado al cuestionamiento a los desarrollos individualistas de la psicología tradicional y la construcción de sujeto que desde ahí se ha hecho. Desde esta mirada también hay propuestas alternativas para comprender lo afectivo. No estoy queriendo hacer con esta tesis una teoría sobre lo afectivo, no me interesa decir qué es o de dónde vienen. Si es social o si es biológico. Mucho de eso ya está dicho además en la tesis doctoral de Adriana Gil, y funciona como una súper buena base para mi trabajo, entonces simplemente quiero dejar medianamente claro qué es lo que yo estoy entendiendo sobre afectividad y saber qué es lo que dicen otras personas, para poder dialogar. Cuando empecé a pensar en lo que quería estudiar en la tesis o más bien a profundizar en ciertos temas que me interesaban abordar de cara a la entrega de este proyecto yo hablaba, muy suelta de cuerpo, de emociones. Inicialmente quería estudiar la relación entre las emociones y lo político… hasta una reunión con mis tutores quienes cada vez que decía emoción (o un derivado de esta palabra) hacían casi un espasmo. Sus cuerpos se rigidizaban y un mmm salía de sus bocas. En fin, la cosa es que comencé a averiguar del asunto, y es que yo utilizaba (y creo que aquí sigo haciéndolo) indistintamente emociones, afectos y sentimientos. Gil (1999) sostiene que no existe en ciencias sociales un acuerdo de los “científicos” sobre la diferencia entre estos tres conceptos (que son usados por cada autor de distintas formas y lo mismo entre distintas lenguas), y es esta falta de acuerdo es un síntoma más de la cuestión de lo rezagado que ha quedado esta área dentro de nuestros estudios. “Estas dificultades indican hasta qué punto la afectividad se ha convertido en el discurso de lo innominable, ya que ni una institucionalización del conocimiento tan fuerte como la que hemos vivido en este siglo, La Ciencia, ha sido capaz de someterla, organizarla y marcarle pautas” (Gil, 1999:67) Después de un poco andar me encontré con Pablo Fernandez Christlieb, quien suele hablar de estas cosas y le pregunté ¿por qué tú hablas de afectos?, ¿me puedes ayudar a entender los espasmos de mis tutores? Ahí me explica que en verdad para él son todas la misma cosa, pero que para diferenciar las teorías individualizantes y biologicistas prefiere utilizar afectividad. Le creí. Y me gustó la idea. Pero hasta aquí tenemos algo claro sobre el término a utilizar y sobre cómo no quiero entender el asunto en este estudio, pero sigue en blanco la pregunta sobre qué es la afectividad. Pablo Fernández (2007) sostiene que la afectividad tiene que ver con irracionalidad, con falta de lógica y de razones. Que es un territorio sin límites ni fronteras. Terreno sin palabras.Y aquí se cruzan, para este autor los sentimientos, que vienen de sentir. De modo que entiende la “la afectividad como un fluido que recorre toda la realidad, y quien se deje envolver por ella, se disuelve. Los sentimientos no están dentro de uno, si acaso, uno está dentro de ellos. Se disuelve también la distinción entre sujeto y objeto (Fernández, 2007:42) Así, en el sentir, al estar sintiendo, uno se disuelve para participar del sentimiento. Uno pasa a ser ese sentimiento. Sujeto y objeto como una misma cosa. “Cuando uno tiene un sentimiento, es el sentimiento el que lo tiene a uno, y éste actúa independientemente de la voluntad, racionalidad, inteligencia o intereses y de hecho uno se olvida de todas esas nimiedades y de cualquier otra para dedicarse, quiera que no, a participar, a pertenecer a dicho sentimiento” (Fernández, 2007:51) Quizás aquí encontramos la confluencia también con lo propuesto por Gergen, si el yo es relacional, en el sentir uno es ese afecto, ese sentir, que no es propio, es con otros, en los otros, es social. Lo afectivo por tanto es social, y constituye subjetividad. En síntesis, al hablar de afectividad me quedo con la propuesta de Pablo Fernández (2007). La afectividad es colectiva, sin formas específicas pero con una forma y una lógica propia, distinta de la lógica racional. Es en el presente, sin pasado ni futuro. “El caso es que los sentimientos, o cualquiera de sus sucedáneos académicos, como la emoción, no existen en la realidad como tales, sino que, en su lugar, lo que existe es una afectividad, general y difusa, que constituye la otra parte de la realidad, aquélla que no es alcanzada por el lenguaje, pero que, obviamente, no es la realidad dura y dada de los positivistas, toda vez que nace como siendo cultura y sociedad. Por definición se puede tomar la susodicha: la afectividad es aquella parte de la realidad que no tiene nombre” (28)  

3. Lo afectivo en la participación política 

De las pocas corrientes en psicología social que han hablado sobre afectividad es la psicología de las masas para quienes las masas eran un espacio donde las personas perdían la racionalidad, convirtiéndose en seres irracionales guiados por los afectos. Incluso al pensar en la teoría de grupos, que es una de las -o la- líneas en psicología social que se ha dedicado a comprender como funciona un grupo de personas, nos encontramos con una mirada del grupo como individuo, con una trayectoria de vida, con etapas, con situaciones por las que pasará en su proceso de crecimiento, pero no es fácil encontrarnos con teoría, investigaciones, elucubraciones sobre el significado que las personas les dan a sus grupos, sobre sus narraciones respecto al valor del grupo, sobre la vivencia afectiva de ser parte de un grupo… en el fondo no es fácil encontrarnos con una mirada que incluya la mutua influencia entre sujetos-sujetos-colectivo y cómo se –nos vamos configurando en esa colectividad… cómo la colectividad, el ser parte de ese grupo es al final parte de nuestra subjetividad. Del mismo modo, la mirada sobre los sentimientos, los afectos se guarda para la comprensión de un individuo pero ¿cómo entendemos un grupo sin incorporar en la mirada la relación afectiva entre sujetos relacionales? Y más aún entonces, ¿cómo entender la participación política de una persona en un movimiento social sin incorporar en el análisis las narraciones ligadas a lo afectivo? Ligado a esta mirada crítica sobre “el olvido” de lo afectivo en el estudio de la ciencias sociales,  Adriana Gil sostiene que las emociones se han despolitizado en el mundo occidental, asociándolas a las masas y la perdida de racionalidad del sujeto dentro de ellas (Esto ya lo he comentado al hablar de Lebon y su teoría sobre los movimientos sociales). “La negación de lo social en la afectividad es una consecuencia del intento de despolitizarla. Pensada como la Energía, el Potencial, la Posibilidad, la Motivación, la Fuerza en definitiva, no es de extrañar que se haya considerado ante todo peligrosa.” (Gil, 1999:41)  Ya sabemos sobre el sujeto racional, el proyecto ilustrado, Descartes y esas cosas. El binomio, los binomios, con los que nos constituimos personas. Cómo hemos construido nuestra idea de persona a partir de dualidades, que nos hace valorar más una parte que la otra, como si no fueran parte de una misma cosa… unas que son “las buenas” y otras que son “las malas”. Cosas que debemos buscar, como lo racional, y otras de las que debemos escapar, o al menos controlar.  Pero, los afectos están, son parte de nosotros y parte de lo que nos moviliza. Si pensamos que “Quien tiene afectos, tiene afecciones, está afectado” (Fernández, 2007:26) podemos pensar también, y cuestionarnos, cómo esas afecciones influyen en las decisiones que tomamos, en las causas que defendemos, y al final en qué decimos-hacemos sobre nosotros mismo, es decir en nuestra subjetividad. Creo que el estar afectados tiene también relación con el hacer resistencia a algo. Con algo que no nos gusta, que nos llega y a lo que buscamos un cambio. Entonces podemos pensar que “la emoción no deseada es el espacio ideal para construir una resistencia, supone la rotura del orden aparente, permite un margen de creatividad para subvertir dogmas (Gil, 1999:203) Aquí se abre entonces un área de estudio que relaciona lo afectivo con lo político.