Sábado, Noviembre 16, 2019

Laboratorio

La prisión de Stanford

La prisión de Stanford

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El miércoles ocurrió algo extraño que añadió un elemento kafkiano a nuestra prisión. Un sacerdote católico que había sido capellán de prisión en Washington, D.C., fue invitado para que hiciera una evaluación de hasta qué punto era válida nuestra situación de prisión, y también porqué el Comité de Quejas había solicitado servicios religiosos.

Se entrevistó con cada uno de los prisioneros individualmente mientras yo veía con asombro cómo la mitad de los prisioneros con los que hablaba, cuando se presentaba, respondían dándole su número en vez de su nombre. Después de una breve charla, les hacía la pregunta clave: "Entonces, ¿qué estás haciendo para conseguir salir de aquí?" Cada prisionero, lo mismo que yo, respondía con perplejidad. Y él les decía a cada uno que si no se ayudaban a ellos mismos nadie lo haría, que eran estudiantes, que eran lo suficientemente inteligentes para darse cuenta de que estaban en la cárcel y que la única forma de salir era con un abogado. Si ellos no podían conseguir uno, tenían que pedir un abogado de oficio. Entonces de ofrecía a contactar con sus padres si ellos querían para conseguir alguna ayuda legal. Algunos le pidieron que lo hiciera.

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La visita del sacerdote resaltó la creciente confusión entre realidad e ilusión, entre ejecución de rol (role-playing) y auto-identidad que nos estaba ocurriendo a todos como criaturas de su propia realidad. En la vida real este hombre era un sacerdote real. Pero él había aprendido de tal forma a representar el papel estereotipado, programado de sacerdote, a hablar de cierta manera, colocar sus manos en una forma prescrita, que nos parecía más bien una versión de sacerdote de película, una versión Bing Crosby, que un sacerdote real. Y esto añadido al nivel general de confusión que estábamos empezando a experimentar todos sobre nuestros roles, y donde acababa el rol y empezaba la identidad.

Los prisioneros que se sintieron más impresionados por la visita del sacerdote fueron aquellos pocos que habían sido capaces de convencerse a sí mismos que esta no era una prisión real. El único prisionero que no quiso hablar con el sacerdote fue el #819 que se encontraba enfermo y se había negado a comer y quería un médico, no un cura. Se le convenció para que hablara con el sacerdote y con el director para que pudiéramos diagnosticar cual era su problema y qué tipo de médico necesitaba.

ImageMientras nos hablaba, calló y empezó a gritar histéricamente, tal como los otros dos chicos que habíamos liberado con los mismos síntomas. Cogí la cadena de sus pies, el "gorro" de su cabeza, y le dije que se fuera a la habitación de relajación que teníamos al lado del patio de la prisión; que le llevaría algo de comida y entonces iría con él a ver a un médico. Mientras estaba haciendo esto, uno de los guardias había alineado a todos los prisioneros y les hacía cantar en voz alta.

 

 

 

 

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En cuanto me di cuenta de que #819 estaba escuchando todo esto, entré en la habitación donde lo había dejado, y lo que encontré fue un chico llorando histéricamente mientras de fondo sus compañeros prisioneros gritaban y cantaban que era un mal prisionero y que estaban siendo castigados por su culpa. No era este un canto o recuento desorganizado y lleno de bromas como el primer día. Estaba marcado por su conformismo, su complacencia. Era como si una única voz dijera "819 es malo".

O como un millón de seguidores de Hitler cantando "Heil Hilter". ¡Imagina cómo me sentí! Dije "OK, marchate." A través de sus lágrimas me dijo, "No, no puedo marcharme." No quería marchar porque los otros le habían etiquetado como mal prisionero. Incluso aunque se sentía enfermo quería volver a la prisión para demostrar que no era un mal prisionero. En ese momento dije, "Escucha, tú no eres #819. Mi nombre es Dr. Zimbardo, soy un psicólogo y esto no es una prisión. Esto es simplemente un experimento y esos son estudiantes, como tú. Vamos." Dejó de llorar de repente y me miró como un niño que se despierta de una pesadilla y dijo "OK, vamos." Estaba claro que lo que yo estaba haciendo era convencerme a mí mismo de la afirmación que acababa de hacer.